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La situación laboral de los últimos años ha cambiado positivamente. Hay carreras cuyos egresados consiguen trabajo inmediatamente y, aunque no sucede lo mismo con todas las profesiones, los egresados de las universidades tienen ahora más oportunidades que hace diez años. Me alegro por mis alumnos, ahora jóvenes profesionales en línea de carrera expectante. Pero junto a estos aires de bonanza, también escucho de ellos sus quejas ni bien inician sus primeros pininos laborales. Suele pasar que el ambiente laboral no es el que habían imaginado. Sin ánimo de hacer un recetario laboral, anoto a continuación algunas de los desenfoques que originan malestar, más imaginario que real:

a) Divinizar el trabajo. Es muy importante sentirse útil, pero no olvidemos que es un medio para seguir creciendo como personas, no es un fin, ni mucho menos un sedante para olvidar otras tareas. Tenemos que dedicarle tiempo al trabajo, sin descuidar la familia y el propio sosiego personal. Compatibilizar las muchas horas en la oficina con la calidad de vida es un asunto con el que hay lidiar en los primeros años de vida profesional y a lo largo de toda la vida.

b) Idealizar la relación con los otros compañeros. Pasados los diez minutos iniciales en los que todos somos unas magníficas personas, existe el riesgo de continuar con ese cliché al juzgar las actuaciones de los demás. No todo es luz en los modos de ser de nuestros compañeros de trabajo, están también las sombras y una gama inmensa de grises que constituyen el paisaje real de las narrativas vitales. Idealizar o absolutizar a los otros, puede dificultar, después, asimilar adecuadamente las pequeñas  -o grandes- defecciones  que al cabo de tiempo llegan inexorablemente.

c) Creer que es suficiente con  estar entusiasmado. Desde luego, el entusiasmo ayuda a crear relaciones personales positivas. Una cara alegre puede conseguir más que mil “memos” airados, pero no lo es todo. El ambiente grato no es un hecho, es una tarea que supone disciplina,  esfuerzo. El entusiasmo requiere espacio y debe conquistar el terreno aledaño: a la sonrisa en los labios, se agregan los músculos para trepar la pendiente constituida por los roces propios de toda convivencia.  d) Pensar que las relaciones personales no requieren aprendizaje. Hacer química con los compañeros no es un asunto que se deja al horóscopo. Los astros no son los que deciden las compatibilidades o incompatibilidades de carácter. Como dice la canción, no culpes a la luna de tu mal genio. La buena relación se hace en el camino, no nace cual flor silvestre. Quienes tienen encanto la tienen más fácil, y quien no lo tiene ha de poner un mayor esmero en mejorar sus habilidades relacionales. Se aprende a convivir, e incluso, se saca grandes beneficios de las “crisis” de convivencia. Hemos de volver a decirnos lo que ya nos dijimos hace meses y, por eso, cada cierto tiempo conviene desempolvar las percepciones que tenemos de los otros. Ir blandiendo la espada, especialmente, contra aquel al que le tenemos ojeriza, no es buena política. Como en el lejano Oeste, más bien diría: calma, baja el arma y conversemos, ni tú ni yo queremos morir o quedar heridos. Después de una buena conversación, las más de las veces, la discordia puede terminar un abrazo cordial.

La suerte del Perú es que las puertas del primer trabajo se abren con más facilidad. Tenemos una cultura empresarial consolidada, atenta a cuidar cada vez con más esmero al capital humano que mueve la economía. Desde luego, las empresas reales no siempre son el Edén soñado, pero al igual que tantas otras realidades humanas, son  mejorables. Tarea común de empleados y empleadores. Al empleador habría que decirle que no mate el entusiasmo juvenil, y al que estrena trabajo le diría: no te canses de hacer el bien.

Piura, 27 de abril de 2013.

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