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La corta e intensa campaña electoral entre Nicolás Maduro y Henrique Capriles terminó la semana pasada con el triunfo de Maduro por un estrechísimo margen. Capriles desconoció el resultado y pidió la auditoría de todos los votos. Finalmente, luego de marchas y cacerolazos, el Consejo Nacional Electoral ha dado paso al pedido de la oposición. UNASUR se reunió en Lima para estudiar la complicada situación de Venezuela: le dieron el espaldarazo a Maduro, pese a la maraña de denuncias que empañan el más elemental espíritu democrático. La misma autorización del presidente Humala para que asista a la juramentación del pasado viernes, dio origen a un acalorado debate parlamentario. Gracias al voto de sus aliados políticos, Humana consiguió el visto bueno del viaje.

Escuché y sufrí los discursos de Maduro, tanto en la proclamación como candidato ganador como en la Juramentación presidencial. Discursos largos, agresivos, apasionados, los propios de un personaje en trance, como buscando que el espíritu de Chávez hable a través de él. Cada cierto tiempo, las cámaras ponchaban a los presidentes invitados. Aparecía el rostro de Humala serio, ¿en qué pensaría mientras escuchaba el encendido discurso de Maduro, repleto de arengas sobre la revolución socialista? La cámara, también, daba un vistazo a los parlamentarios asistentes. Había un continuo movimiento de cabezas asintiendo a las palabras del inspirado jefe. Maduro no ahorró palabras de alabanza a la revolución cubana, a Fidel Castro y al ahora gobernante de la Isla, Raúl Castro. ¿En algún momento se le habrá ocurrido pensar a Humala qué hacía allí? Por lo menos, no le vi asentir con la cabeza. Punto a favor.

¿Cuánta libertad queda en Venezuela? El estilo de Maduro, mezcla de paternalismo, caudillismo estrecho y sentimentalismo tropical, no es precisamente el mejor estilo para dejar espacio al diálogo alturado. El discurso de juramentación fue chavista, la oposición quedaba asfixiada. Quedó reducida a un grupito de burgueses neoliberales, incitadores del odio hacia la revolución bolivariana. Así con todo, les tendió la mano, no sin antes ningunearlos. Olvidó Maduro que casi el otro cincuenta por ciento de la población venezolana, no sólo deseaba el cambio, sino que no quería seguir más con el modelo tropicalizado de socialismo y asistencialismo chavista. Por algún momento intenté ponerme en el lugar de Capriles, ¿qué garantías de buena voluntad le podría dar un gobierno como el de Maduro que tiene la sartén por el mango, si todo el poder entona la misma marcha, empezando por las fuerzas armadas que no rechazaron el apelativo de chavistas cuando Maduro se dirigió a ellas en su discurso?

Malos tiempos se avecinan para la democracia. El autoritarismo de Maduro es otra herida para la democracia de sintonía fina. Una palabra que todos utilizan, aprovechando de su buena fama, pero que a fuerza de poner dentro de ella cualquier cosa, incluso la arbitrariedad y la intolerancia, se vacía de contenido. Ya lo decía Enrique Krauze, historiador mexicano, en uno de sus último libros que comenté en este Diario, el gran dilema en el que se debate Latinoamérica es el de “redención o democracia”. El caudillismo de Maduro forma parte de esos afanes apasionados redentoristas: una especie de religiosidad puesta al servicio de la ideología. Mala política, mala religión. La democracia y la libertad son otra cosa.

Piura, 21 de abril de 2013.

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