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Cada nacimiento de un  niño es la novedad más grande que acontece entre los seres humanos. La dulce espera es todo un acontecimiento para los papás y sus amigos. Los sustos del embarazo, el dolor del parto, el primer llanto del niño al nacer, son los signos primordiales de la aparición de la vida que ha permitido  la continuidad de la familia humana. No en vano en el Perú celebramos cada 25 de marzo el día del niño por nacer.  Vida iniciada en la concepción, en el encuentro entre los gametos femenino y masculino. A partir de ese momento se produce el crecimiento exponencial de esa pequeña criatura, la riqueza más grande que un país puede tener.

La biología le da nombres técnicos al niño concebido. Es el embrión humano, cuyo desarrollo pasa por una serie de etapas: cigoto, mórula, blastocisto, feto… Pero, papá y mamá, inmediatamente, personalizan  a la biología. Y así, María comunica a Juan que tendrán un hijo. Los futuros abuelos se alegran por el nieto que viene, no por el embrión concebido. Los amigos, enterados de la noticia, felicitan a los padres y no se les ocurre preguntar por el feto. Quien está en el vientre materno es un niño o una niña, a quien se le cuida, trata y quiere con la dignidad de una persona.

La legislación peruana recoge en gran medida el hecho biológico del inicio de la vida humana y su personalización. La Constitución Política, el Código Civil y el Código del Niño y del Adolescente reconocen la calidad de vida humana, de sujeto de derecho, de niño o de niña a aquel pequeñito que empieza la aventura humana. La figura  del “concebido” es la expresión legal de un hecho biológico: no es algo de la madre, es un alguien personal que habita en el seno materno. Alguien llamado a la plenitud de la existencia, con derecho a  nacer. Precisamente, por su debilidad e inocencia reclama el cuidado de sus padres y de la sociedad, de ahí que nuestra legislación proteja a todo niño concebido, sin hacer distinción discriminatoria alguna. Es igualmente vida humana dentro del matrimonio o fuera de él, fruto del amor o de la violencia.

Los piuranos han dado muestra del respeto que tenemos ante el milagro de la vida. La manifestación multitudinaria en defensa del niño por nacer de hace unos pocos días, es una de las tantas expresiones de lo arraigado que está entre nosotros el carácter inviolable de la vida humana. Ha pasado aquí, en Arequipa, en Lima. Somos una sociedad joven y sana, sin miedo a la vida, dispuestos a llevar sobre los hombros la carga ligera que significa sacar adelante una familia. No queremos cegar ni la vida ni las fuentes de la vida. Y por ahí debe enfocarse el esfuerzo de la sociedad civil y del Estado: proteger la vida desde su concepción hasta la muerte natural. Trabajo de largo aliento, laborioso, ciertamente, pero necesario.

Cultura de la vida y no industria del aborto, como quiere algún organismo internacional que presiona al Perú para que liberalice su legislación protectora de la vida. El carácter internacional no le otorga el don de la infalibilidad en esta materia y no se puede negar la condición de persona al concebido. Ya podrían aprender de nuestra legislación y extender el respeto de la vida y no restringirlo como desean. Los resultados de estas políticas depredadoras de la vida se ven en la vieja Europa, envejecida y aburrida, porque faltan las risas de los niños.

Piura, 14 de abril de 2013.

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