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El Papa Francisco ha puesto ante los ojos del mundo la figura de San Francisco de Asís. He recordado durante todas estas semanas unas palabras de Chesterton –autor de una magnífica biografía del santo- que nos cae como anillo al dedo. Decía que es muy fácil entusiasmar a una persona dándole las claves para enriquecerse, pero que ya es más difícil lo que hizo San Francisco: explicarle a la gente cómo empobrecerse. Lo primero está en el aire, queremos ser unos triunfadores en la vida, el negocio y el amor. Lo otro, es decir, dejarlo todo, vibrar con las bienaventuranzas evangélicas, y llenarse de gozo con las incomprensiones, las persecuciones, el sufrimiento, parece demasiado. En el mejor de los casos, sería el camino de unos pocos elegidos, pero no sería  algo para nuestro tiempo.

Pero así es el alegre santo de Asís, el pobre de Dios. Él, su alma y poquísimo más. Al referirse a las bienaventuranzas, se fija en el júbilo, gozo y perfecta alegría que se gana cuando se las vive. Recuerda a sus frailes que la perfecta alegría no está en el ejemplo de santidad que pueden dar, ni en la capacidad de arrojar demonios, ni en hablar lenguas, ni en conocer los secretos de la creación. Fray León que le escucha, le pregunta en dónde está, entonces, la perfecta alegría. Y San Francisco responde: “Figúrate que después de esta larga caminata, hambrientos y muertos de frío tocamos la puerta de uno de nuestros conventos pidiendo entrar. El portero sale y ve en nosotros no unos frailes sino unos ladronzuelos o farsantes y nos arroja del lugar. Si esta injuria –continúa diciendo Francisco- la sufrimos pacientemente, pensando humilde y caritativamente que aquel portero reconoce realmente nuestra indignidad y que Dios le hace hablar así contra nosotros, escribe, ¡oh hermano León!, que en esto está la perfecta alegría”.

Quizá nos resulte más fácil dar cosas, unirnos a una campaña para recoger víveres, dar buenas limosnas e, incluso, criticar el despilfarro de otros, Pero parece que es más difícil desprenderse de uno mismo, de la propia valía. Esta actitud de desapego del yo choca con ciertos ambientes en donde el culto a la propia autoestima es una ley de vida. Aquello de no dejarse pisar el poncho y devolver ofensa con ofensa. Actitudes altivas que buscan honores, reconocimientos públicos, espacios propios para lucirse y sentirse admirados. La actitud de Francisco es otra y concluye dirigiéndose a fray León: “sobre todos los bienes y gracias que Cristo concede a sus amigos, está el vencerse a sí propio, ya que todos los otros dones (riquezas, talentos, familia, …) no son nuestros sino de Dios. Pero en la cruz de las tribulaciones y aflicciones  podemos gloriarnos porque es cosa nuestra”.

Pienso que este espíritu de desprendimiento, que no tiene nada que ver con fomentar personalidades opacadas, es el adecuado contrapeso a la llamada cultura del éxito, porque hay que recordar que llegar alto en el tener y en el ser es una exigencia de la condición humana: buenas personas y buenos profesionales. Esto no está en duda. Pero ahí no acaba la plenitud humana. Se trata de seguir creciendo y en eso San Francisco de Asís es un estupendo maestro, pues nos viene a recordar uno de los pilares del cristianismo: todo eso que tenemos y somos lo ponemos al servicio del prójimo, empezando por los más cercanos, familia, amigos, colegas, comunidad… El sólo encumbramiento marea, el servicio expande el alma y esponja el corazón.

Piura, 6 de abril de 2013.

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