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Malcolm Muggeridge (1903-1990) ha sido uno de los grandes periodistas y ensayistas ingleses del siglo XX. Agnóstico la mayor parte de su vida, se convierte al catolicismo a los ochenta años. En 1988 publica unas cortas y deliciosas memorias del proceso de su conversión (Conversión. Un viaje espiritual, Ediciones Rialp). Un largo peregrinaje espiritual cuyos recuerdos se remontan a la infancia, pasan por la adolescencia, se detienen en el estudiante educado en Cambridge; cuenta su experiencia como maestro en una escuela en la India hasta convertirse en el afamado periodista corresponsal en el Cairo, Moscú, Calcuta y Washington, y referente indiscutible de la televisión británica.

Tengo especial afición por las memorias y los libros escritos en la madurez, más aún cuando se trata de presentar esas síntesis de vida para cuyo fin hay que colocarse casi en el borde del final del camino. Quizá por eso he disfrutado con la “Introducción al Derecho” de Recasens Siches, libro señero de uno de los más grandes filósofos del derecho del siglo pasado, escrito al final de su carrera; precedido de numerosos libros y artículos en los que nos hemos formado muchos abogados en el Perú. Jean Guitton, miembro de la Academia francesa, escribió “Mi testamento espiritual” cuando ya era un nonagenario. Imagina su muerte y la visita de sus amigos ya fallecidos en el lecho de la agonía. El diálogo con el papa Pablo VI es enternecedor. Y el gran Alvaro d´Ors escribe “Cartas a un joven estudiante”  con la sabiduría del anciano que, como buen vino -lo dice con mucho gracejo el Papa Francisco- , mejora con los años.

Hacía tiempo que deseaba leer las memorias de Muggeridge escritas dos años antes de su muerte, justo cuando se presiente el término del trayecto.  Su prosa es elegante y consigue expresar en el tiempo a la Eternidad. En un libro anterior (A third testament), bajo su pluma, San Agustín, William Blake, Pascal, Tolstoy, Kierkegaard, Dostoievsky nos dejan ver sus propias trayectorias espirituales. En estas Memorias, Muggeridge traza el viaje espiritual de su peregrinaje en el agitado siglo XX. Sin lugar a dudas, el encuentro con la madre Teresa de Calcuta es lo que marca profundamente su vida acercándolo al Catolicismo. En una carta que ella le dirigió, le decía: “pienso, querido amigo que ahora lo comprendo mejor. Me apena no tener una respuesta a su profundo sufrimiento. No sé por qué, pero usted es para mí como Nicodemo (aquél que se acercaba a Jesús en la noche), y estoy segura que la respuesta es la misma: “Al menos que no llegues a ser como un niño…” Y un día, a sus ochenta años, el don de la fe le fue concedido.

Peregrinaje largo el de Muggeridge, no exento de caídas hondas y depresiones profundas, de las que pudo levantarse porque siempre le asistió la cuerda dorada de la que hablaba Blake: “si sabemos asirla y mantenernos unida a ella mientras caminamos nos conducirá a la Puerta del Cielo”. Hombre serio y divertido para quien  “la risa, verdaderamente, es la terapia de Dios: Él erigió los campanarios y las gárgolas, nos dio payasos y santos para que podamos entender que en el corazón de nuestra existencia mortal yace un misterio a la vez indeciblemente bello e hilarantemente divertido”. Recuerdo, ahora, con especial cariño al Obispo de Chiclayo, Mons. Ignacio de Orbegozo a quien alguna vez le oí decir que le hubiese gustado ser un payaso. Tenía en su casa cuadros y adornos de payasitos y leo con frecuencia la “oración del payaso” que compuso. Pienso que Muggeridge y Orbegozo hubiesen congeniado de haberse conocido y como buenos juglares le hubiesen arrancado más de una sonrisa a Dios.

Piura, 16 de marzo de 2013.

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