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Este martes 12 a las 4 p.m. se inicia el Cónclave en la que participarán los cardenales electores a fin de elegir al nuevo Romano Pontífice. Las noticias de todos estos días, así como el recuerdo, aún cercano para muchos de nosotros, de la elección  de Benedicto XVI en el 2005 nos han informado que esta elección es a puerta cerrada. Los cardenales entran a la Capilla Sixtina y allí, sin contacto con el mundo exterior, sin la presiones de los mass media, de los vaticanólogos y, también, de los hacedores de ciencia ficción, se ponen a la escucha del Espíritu Santo para elegir al Papa que la Iglesia necesita. Se puede mirar este Cónclave en tercera persona y, por tanto, se coloca la cámara apuntando a la Capilla Sixtina en busca de la fumata blanca; pero, igualmente, se lo puede mirar en primera persona y, en este caso, los ojos se ponen en el Sagrario ardiente de la Iglesia de barrio, en donde se aloja el Dios Uno y Trino, el mismo que habita  en la Capilla Sixtina y en el Oratorio de Santa Marta, la casa en donde vivirán los cardenales electores. Me inclino por esta última mirada y me uno a la oración de los millones de fieles católicos para que una vez más se luzca el Espíritu Santo.

El cardenal Dolan, Arzobispo de Nueva York, describe el ambiente de estos días entre los cardenales: rezan, celebran la Santa Misa, hablan de la nueva evangelización. Y a la pregunta de si suena algún nombre, su respuesta es afirmativa: el nombre que más suena entre ellos es el de Jesucristo. Y no podía ser de otra manera, pues cada uno de los príncipes de la Iglesia se sabe sucesor de los apóstoles, llamados uno a uno por su nombre para servir a la Iglesia. De este ambiente de recogimiento se habla más bien poco. Abundan, más bien los juegos de dados. Se lanzan conjeturas sobre los cardenales papables. Aparecen por doquier los temas pendientes que ha de afrontar el nuevo Papa: la nueva evangelización, la gestión de la Curia Romana, el escándalo de los abusos sexuales, y un largo etcétera. Para mi gusto, especulaciones acertadas en parte, pero humanas, demasiado humanas. El zoom de la cámara apunta bajo, se pierde en las ramas. No se ve el bosque y, más aún, se olvidan del Cielo. Tratar a la Iglesia sólo como un organigrama con  línea de mando y staff sujeta a envidas, intereses y mezquindades de poder, es no haberse enterado de lo más importante: la Iglesia es el Cuerpo Místico de Cristo. Ya no es la simple suma del 2 + 2= 4, hay un nuevo sumando 2 + 2 + Dios = el resultado sobre pasa al 4. El mismo resultado, por cierto, que hace exclamar a más de uno “gracias, Dios mío” por este favor.

A la Capilla Sixtina entran sólo los cardenales, es cierto, pero no están solos. Cuentan con la oración de millones de católicos en espera del nuevo Papa: se extraña su voz, sus palabras de aliento, la claridad de sus mensajes, el calor de padre. No tiene recetarios para salvar la economía o sanear las democracias, lo que esperamos de él es mucho más: queremos que sea el canal por el que la Gracia nos ayude a conocer la realidad en toda su profundidad, de tal manera que lleguemos a  “ver el mundo en un grano de arena y el Cielo en una flor silvestre; sostener el infinito en la palma de la mano y la Eternidad en una hora” (Blake). Momento histórico el que vivimos los católicos. Tiempo de espera de los hijos que desean ver el rostro del padre asomándose por la ventana de los papas en la Plaza de San Pedro. Tiempo de recogimiento y oración. Tiempo del Espíritu Santo.

Piura, 10 de marzo de 2013.

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