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Recientemente, la prensa ha hecho eco de unas declaraciones que han reavivado en mí una antigua preocupación alrededor de la política. Susana Villarán, a propósito del colapso de un puente en la Avenida Universitaria en Lima, ha pedido “no politizar “ los daños sufridos en la estructura del puente. Semanas antes, también declaró que la condecoración que la Municipalidad de Lima quiso otorgar a Villanueva del Campo –distinción a la que el líder aprista declinó- no tenía ninguna intención política y que debería “despolitizarse el tema”. El presidente Humala no se queda atrás y no hace mucho ha declarado que sobre el problema de la inseguridad ciudadana hemos de actuar con “cordura, prudencia, transparencia y evitar una campaña que trate de politizar un tema cuando todas las familias queremos que se resuelva”.  Curiosas expresiones en la boca de dos personajes políticos por antonomasia.

El pedido de “no politizar” aparece con frecuencia, especialmente, cuando las papas queman y los que más lo usan son, precisamente, los políticos… ¿Qué querrán decir con esto de no politizar? Pareciera que lo que se pide es no utilizar el problema para sacar un provecho partidario. También podría ser una forma de afirmar que lo que mueve al funcionario en su intervención es una motivación altruista pensando en el bien de la comuna o del país. Finalmente, pareciera querer decirse que el asunto es uno de naturaleza técnica y, por tanto, estaría fuera del ámbito político. Sea como fuere, me parece que el abuso que se hace del llamado a no politizar los problemas es una muestra del mal entendimiento que se tiene de la política.

La política no es patrimonio exclusivo de los políticos. Cada ciudadano, individualmente o en grupo, tiene parte en la construcción del bien común de una ciudad o del país. Las ciudades se han vuelto complejas y cada asunto admite más de una solución. Si sólo hubiese un cine para todo Piura, la discusión acerca de a qué cine iremos esta noche, no tiene sentido. Los asuntos de la ciudad son muchos y muchas sus soluciones. Por ejemplo, ¿es necesario trasladar el mercado a otro lugar? ¿Sí, no? Y vienen las respuestas con sus respectivas propuestas técnicas. Todos metemos cuchara, unos con más autoridad que otros. Discusiones en todos los tonos, ¿qué hacemos? Preocuparse por el bien común, discutir, hacer propuestas, criticar,  es, justamente, el ámbito propio de la política. Ahí dónde hay varios caminos, intereses encontrados, pasiones, ahí está la política. Es su ámbito natural. Pensar que las respuestas a los problemas es una competencia sólo de los técnicos es desconocer la complejidad social. La política no es un mal inevitable, es el modo ordinario de componer las diversas alternativas de la buena vida que buscamos en sociedad.

La política, por tanto, no se agota en las cosas del Estado. Lo estatal, lo regional o lo municipal son sólo una de las tantas formas en las que se realiza la politicidad humana. Por eso, las estructuras de un puente, la condecoración a un personaje ilustre, las calles destrozadas, la construcción de un nuevo centro comercial o la inseguridad ciudadana, en la medida en que afectan a la colectividad son asuntos políticos, mal haríamos en despolitizarlos. Lo que hay que hacer es devolver a la política su dignidad y enhorabuena que el ciudadano de a pie, al ama de casa, el oficinista se ocupen de los asuntos comunes, alzando su voz de protesta, poniendo el hombro cuando el bien común lo exija y llamando la atención a los políticos profesionales para que cumplan el oficio para el que han sido elegidos.

Piura, 1 de marzo de 2013.

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