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Piura, ciudad del eterno calor y, al igual que el Caballero de los mares, cuidad galana por la caballerosidad de su gente. ¿Un sueño imposible? No, lo será así por el esfuerzo de todos: taxis, combis, constructoras, peatones, autos, alcaldesa, policías, empresas… ¿Problemas? Los hay y los habrá de ordinario. Nos faltan medios materiales y económicos para resolver muchas de las deficiencias de nuestra ciudad. Y hay que meter cabeza para encontrar soluciones al agua, desagüe, servicio eléctrico, calles, racionalización del tránsito vehicular, terrapuerto, mercados, etc. Nos tomará tiempo dar con la solución del problema y en cuanto antes se tome el toro por las astas, mejor. Es de agradecer, en ese sentido, las iniciativas que desde diversas tribunas se vienen articulando. Pero mi llamado va en otra dirección. Piura, ciudad galana, quiere decir una Piura que se alza por la virtuosidad de su gente: cada uno dispuesto a poner compostura y corrección en las tareas del día a día.

Son pequeños esfuerzos de corrección que nos llevan a poner la primera y la última piedra de las tareas que emprendemos para que mano izquierda no deshaga lo que la derecha ha realizado. Los ejemplos abundan. Se han mejorado las veredas de muchas calles, pero cuánta dejadez para terminarlas cuidando los acabados: han quedado bordes de cementos no pulidos, tierra y escombros en las calles, bloquetas rojas sin fijar. Rápido han ido y eso es de agradecer, pero sin olvidar el sabio consejo del poeta: “despacito y buena letra, que el hacer las cosas bien, importa más que el hacerlas”. Pienso que no debemos acostumbrarnos a que las cosas se terminen mal y de cualquier manera. ¿Se descuidan los acabados por falta de presupuesto? Claramente, no. Es carencia de buen empeño, de ganas de querer hacer las cosas bien. No siempre falta dinero, falta  espíritu de servicio.

Poner la última piedra en las tareas no es cosa de poca monta.  Del cuidado de las cosas pequeñas pasamos a las consecuencias de nuestros actos frente a  terceros. Y aquí cabemos todos. Tenemos la mala costumbre de parar taxis, combis, motos en cualquier lugar de la calle: mal hace el peatón y mal hace el transportista. Porque ambos lo hagan, no se justifica la inconveniencia de esta mala práctica. Otro tanto se puede decir del auto que invade la vereda para estacionarse o del carro que se estaciona en las zonas restringidas. Las constructoras o el maestro de obras que alzan edificios o refaccionan casas tienen, también, que pensar en los transeúntes. El colmo de los males se ve cuando han terminado muchas de esas construcciones quedando escombros por doquier y veredas dañadas por el peso de las máquinas o afeadas por los restos de cemento. En todos estos casos, una vez más, no es falta de dinero, es ausencia de civismo. Tendríamos que ser más conscientes y pensar que no tenemos derecho a parar el tránsito de toda una calle para recoger una torta o a un pasajero. Vivir en sociedad es relacionarnos con otros  en juegos de suma positiva en la que todos ganen. El juego egoísta hace daño.

Piura, esfuerzo de todos, es principalmente sacarle brillo a las virtudes cívicas y para eso basta con practicar las normas de buena vecindad que el sentido común aconseja: respeto por las normas de tránsito, trato amable con los peatones, cuidado del ornato de la ciudad evitando arrojar desperdicios a la calle, uso razonable de las bocinas en los vehículos. La lista de buenas prácticas es interminable y está al alcance de todos.  No hay que inventar más normas, más bien debemos incentivar un mayor sentido de responsabilidad. Educación a todos los niveles, una vez más. Piura, bien vale el esfuerzo.

Piura, 22 de febrero de 2013.

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