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Ha pasado apenas una semana del anuncio de la renuncia de su Santidad Benedicto XVI y, sin embargo, cuánta agua ha corrido. Una noticia que ha tocado el corazón de millones de católicos y que a tantos nos deja en situación de deuda –es mi caso-, pues ya se ve que hace falta una gran columna de oración que sostenga los brazos del romano Pontífice en tan delicado oficio. Y si es muy duro cruzar el Niágara en bicicleta, mucho más lo es llevar sobre los hombros el peso de las almas y de la Iglesia. Un pontificado corto si lo miramos con el largo período del Beato Juan Pablo II, pero lleno de fecundidad por la siembra de paz y buena doctrina que nos deja en estos aún cercanos ocho años de entrega a la Iglesia.

Benedicto XVI es un Pontífice sin doblez ni engaño. Se retira porque se ve sin las fuerzas suficientes para conducir la Iglesia en estos tiempos que alcanzan la velocidad de la luz en sus acontecimientos. Yerran las interpretaciones que sólo ven intereses humanos y conspiraciones detrás de las sobrias palabras del Santo Padre. Por el camino de las intrigas no se alcanza a ver la realidad profunda de la Iglesia que San Bernardo -en el siglo XII- recordó al papa Eugenio: “Recuerda que no eres el sucesor del emperador Constantino, sino el sucesor de un pescador”, a quien Jesucristo convirtió en pescador de almas y cabeza de la Iglesia. Por eso, al Santo Padre y a los fieles “nos sostiene e ilumina la certeza de que la Iglesia es de Cristo, que no dejará de guiarla y cuidarla”.

El Santo Padre ha servido a la Iglesia para que “lo vivo y grande que hay en ella se haga nuevamente visible, a pesar de todo lo negativo”. La historia reciente y la de estos más de veinte siglos de cristianismo nos dejan en claro que “si la Iglesia dependiera sólo de los hombres, habría sucumbido hace largo tiempo”. Hay fragilidad, es verdad, en el comportamiento de los cristianos, pero es mayor el amor del Dios uno y Trino, fiel a su promesa de salvación con los hombres y mujeres de todos los tiempos. En continuidad con Juan Pablo II, Benedicto XVI ha procurado desvelar el rostro auténtico de la Iglesia prefigurado en el Concilio Vaticano II; no las caricaturas de cierta prensa mal informada, unas veces; mal intencionada, otras. Trabajo arduo el de todos estos años para cuyo fin el Santo Padre puso sus mejores cualidades, entre ellas la agudeza de su inteligencia y la finura de su alma.

Y dentro de poco, nuevamente, un Cónclave para elegir al sucesor de Pedro. He vuelto a leer los poemas de “Tríptico Romano” (2002) del Beato Juan Pablo II. El último de los poemas es una meditación en el umbral de la Capilla Sixtina, el lugar que albergará a los cardenales  que han de elegir al siguiente papa. Allí, en las paredes y cúpula de la Capilla contemplarán la policromía pintada por Miguel Ángel. Escenas de la Creación –el Principio- y del Juicio –el Final- “La transparencia final y la luz. / La transparencia de los hechos. /-La transparencia de las conciencias- / Es preciso que durante el cónclave, Miguel Ángel concientice a los hombres- / No olvidéis: “Omnia nuda et aperta ante oculos Eius” (todo está descubierto y revelado ante Sus ojos)/ Tú que penetras todo -¡indica!- / Él indicará…” Cada cardenal, en ese escenario -refractario al poder, al dinero y a la ambición- sabe que la prioridad es Dios y las almas. Él indicará…

Piura, 17 de febrero de 2013.

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