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Cada cierto tiempo, cuando acudimos a dependencias públicas o privadas, tenemos que presentar fotografías actuales, tamaño carnet o pasaporte. Lo que aparece de nosotros en estas fotos es el rostro. El tiempo hizo su trabajo y el bebé, que era todo sonrisas y muecas joviales, deja paso al adolescente, al joven, al adulto o al anciano. Basta revisar el álbum familiar para darnos cuenta de esta natural evolución de la biología humana. No falta la pregunta de oficio “¿éste eres tú?”. Y la respuesta: “pues sí, también tuve 15 años”. La huella digital y la cara, por ahí van los signos más propios de la identidad física. La tecnología informática, vía Skype, nos pone en la pantalla a los amigos o parientes ubicados en otros Continentes, pero el corazón pide más: verte, es verte cara a cara, sin intermediarios. La presencia real y no virtual es la que colma nuestras aspiraciones.

“Dar la cara”,  “decírselo a la cara” o “¿qué tienes, qué te pasa?” son expresiones que denotan el especial protagonismo que tiene el rostro. En él se expresa lo más propiamente personal. Es la sonrisa de La Mona Lisa, la nariz respingona de Cleopatra, los ojos de la Virgen de Guadalupe, la risa de Juan Pablo II, la mirada indulgente de Teresa de Calcuta, el semblante sereno de Miguel Grau, la mirada pícara de las reinas de la marinera. Los ejemplos sobran y cada cual piensa en su propia Dulcinea, cuyo rostro unas veces sonríe y otras llora, como bien lo dicen los versos de Neruda: “Me gustas cuando callas porque estás como ausente. /Distante y dolorosa como si hubieras muerto. /Una palabra entonces, una sonrisa bastan. /Y estoy alegre, alegre de que no sea cierto”. Los rostros alegres son, pues los que nos llenan de contento. Y si la niña se pone triste, inmediatamente removemos cielo y tierra para que cuanto antes vuelva a sonreír.

La espalda tiene, también, su propio lenguaje. El líder va por delante y su gente lo sigue. Lleva la carga sobre sus espaldas. Señala el camino, indica por dónde hay que pisar. Los que van detrás ven la espalda del jefe, quien despeja el camino y protege a los suyos. Es la actitud del guía. Conoce las rutas, explora el terreno. Camina más, se cansa más, arriesga su vida. Se adelanta y su figura se pierde en el horizonte. Al cabo de un tiempo se divisa a lo lejos, nuevamente, su silueta. El camino está libre, no hay peligros que amenacen a la caravana. La marcha continúa y, otra vez, es su espalda la que vemos.

No obstante, hay un momento en el que cara y espalda se vuelven enemigos. Momentos difíciles de la biografía humana en los que se decantan el oro fino de la grava. Encrucijadas en las que  el amigo, el pariente se las juegue por uno, da la cara por nosotros. Cuando el apoyo no llega porque se nos dio la espalda, sólo queda el abandono y la lealtad salta en mil pedazos. Este “dar la espalda” tiene una connotación negativa, dado que en el momento de la verdad, pudo más la comodidad, el egoísmo, el interés personal o la cobardía. Dar la cara por el amigo, en cambio, tiene mucho de heroísmo en unos tiempos como los nuestros, tan poco alentadores de la vida heroica. Los rostros tejen amistades y lealtades, alimentadas por el intercambio de bienes;  pero sobre todo generan un genuino interés por toda la persona, con sus noches y sus días.

Piura, 1 de febrero de 2013.