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La experiencia del trabajo es parte esencial en el proceso de humanización de la persona, de ahí que sea a la vez derecho y deber. Sin el trabajo, desconoceríamos muchas facetas de nosotros mismos, pues sólo a su contacto afloran dimensiones que dan densidad a la biografía humana: la relación con otras personas enriquece y amplía la propia cosmovisión; se aprende a sortear obstáculos para conseguir metas arduas; se goza ante los resultados obtenidos; se liman asperezas del propio carácter; ganamos aprendizajes en los modos de ser (perseverancia, paciencia, solidaridad, comprensión, etc.).

En el trabajo, lo sabemos todos, no basta con saber hacer la tarea, hace falta, asimismo, saber tejer relaciones valiosas que generen un clima laboral positivo. Y este segundo aspecto ya no es tan sencillo, pues aunque parte importante de la vida laboral sean las relaciones que tenemos con otros (jefes, colaboradores o subordinados); también es verdad que de ordinario, no los elegimos, sino que están allí, cada cual con sus virtudes y sus defectos. Entonces, ¿cómo hacer para convivir con compañeros que, aún cuando coincidamos por función y por espacio físico en lo mismo, son tan distintos en gustos, modales, formas de trabajar, carácter?

Las dificultades para trabajar con otros  surgen al cabo de un tiempo, justo al momento en que llegamos a conocernos. En los primeros diez minutos todos somos “magníficos y simpáticos”, cuando ya son 8 o 10 horas al día, multiplicado por semanas, meses y años, el asunto se llena de matices, al punto de que muchas veces al comentario “fulano, qué bueno es”, solemos agregar “sí, pero…”, que es tanto como decir “tú no lo conoces aún” o  “yo soy quien vive con ella”.

Los problemas de trato, declarados o latentes, de unos contra otros, existen y causan más de un disgusto; si eso se generaliza, la organización peligra: el clima laboral se enrarece, la desconfianza crece cual cáncer maligno, la murmuración ocupa el lugar del diálogo abierto y franco. Cuando se descubren esas asperezas típicas de la relación laboral, caben posturas que van desde el indiferente “yo hago mi trabajo y me traen sin cuidado los demás” al lamento romántico “yo quiero ser feliz, pero los demás no colaboran”. En  medio están toda la gama de negociaciones, oportunismos, estrategias de teoría de juego, guerras frías, guerra de las galaxias, etc. Caminos, por cierto, reales, pero carentes de sustancia, porque apuntan bajo, son apuestas a caballo perdedor, típicas del desencantado que un día descubrió que era el papá quien ponía los regalos y no Papá Noel.

Sin desconocer estas dificultades, pienso que no todo está perdido. Hay cosas que están al alcance de la propia gestión personal, con el convencimiento de que en la convivencia laboral el tiempo es un gran aliado para que la terapia surta sus beneficios. Las mejoras en las relaciones  personales no suelen ser exponenciales –cambios radicales y asombrosos- sino más bien graduales. Por eso, junto a la paciencia, para saber esperar sin desesperar, va bien un sentido optimista de la condición humana: los demás pueden mejorar y yo también. La actitud del sabelotodo y del desencantado, de aquel que “ha visto demasiado”, colorea de amargura el trabajoso tapiz de las relaciones personales. ¿Aguantar a los demás? Es muy poco, mejor hacer del encuentro entre colegas una experiencia de enriquecimiento personal, descubrimiento de la riqueza personal de quienes comparten con nosotros horas, semanas, meses… ¿Es un sueño? Lo prefiero a la tranquila comodidad del cínico. Esta es una  de las pequeñas utopías a las que no hay que renunciar.

Piura, 27 de enero de 2013.

 

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