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James Buchanan (1919-2013), premio Nobel de economía en 1986, falleció hace unos pocos días. Un intelectual de talante liberal y conservador que se movía como Pedro por su casa en los campos de la economía y la política. Tomé noticia de él por sus libros “Déficit del sector público y democracia” (Rialp, 1983) y “La razón de las normas. Economía Política Constitucional” (Unión Editorial, 1987). Desde entonces, he tenido a Buchanan como un referente importante para entender las relaciones entre política y economía de mercado. El gran tema de sus investigaciones fue el estudio del gobierno y los gobernantes en el complejo proceso de toma de decisiones. Es decir, los ministros de Estado, congresistas, presidentes regionales, consejeros, alcaldes, regidores están hechos de la misma pasta que los gobernados. Y para Buchanan, al igual que para Hobbes, los individuos nos moveríamos bajo el paradigma del “homo economicus”: cada vez que tomamos una decisión, buscaríamos maximizar beneficios personales. La tentación viene de fuera, pero el polizón egoísta que llevamos dentro pisa el palito a la primera.

Recuerda Buchanan, en sintonía con Hobbes, que “aunque los sentimientos altruistas y las consideraciones de solidaridad hacia los demás puedan estar muy difundidas entre las gentes, son flores delicadas y resulta crucial para que florezcan, la existencia de instituciones diseñadas para evitar que el orden social dependa críticamente de la existencia y difusión de esa clase de sentimientos. En este sentido, las implicaciones del argumento hobbesiano son que las instituciones deberán ser  diseñadas mediante algo así como el “homo economicus” en mente, que el altruismo, como la buena educación, son apreciados en todo lo que valen, pero no se les puede dar por supuestos”. Por eso no se puede dejar el funcionamiento social a la sola cadencia de las buenas intenciones de algunos, pues “es mayor el daño que pueden hacer 10 malos, a el bien que puedan hacer 1,000 buenos”.

¿Cómo hacer, entonces, para que los seres humanos –lastrados por el egoísmo tanto si se está en el ámbito privado como en el público- podamos vivir en paz, sin ser lobos unos de otros? La propuesta de Buchanan es optimista a pesar de todo. Piensa que sí hay arreglo  y la solución estaría en el constitucionalismo político: poner normas en lo más alto de la pirámide legal que impidan que el gobernante tome decisiones en beneficio propio a expensas de los demás.

Un ejemplo clarificará mejor la idea. Pensemos en un candidato presidencial en campaña. Viene a Piura y nos ofrece carreteras, hospitales, solución a los aniegos en casos de lluvias, etc. ¿Y de dónde sacará la plata para tales inversiones? Tiene dos caminos de financiación: más impuestos o endeudarse. Si opta por los impuestos eso significa que la tasa de presión tributaria se elevará, el dinero saldrá del bolsillo de los contribuyentes. Si opta por el endeudamiento (gastar más de lo que recibe), tendremos lo prometido y serán las generaciones futuras las que paguen la deuda. Este segundo camino populista asegura el voto del ciudadano. La propuesta de Buchanan quiere evitar estos derroteros populistas y sugiere poner una norma en la Constitución Política: “los presupuestos son equilibrados”. Sólo se gasta lo que ingresa o como  dice el viejo refrán, no se estira el brazo más allá de la manga. Buena política para una sociedad sobria y magnífica propuesta para tener en cuenta en tiempos electorales.

Piura, 19 de enero de 2013.

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