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En una de las populares canciones de “Pandora”, la chica le pregunta al ex enamorado con el que se encuentra después de muchas lunas: “¿eres feliz, mi bien?, sin engañar”. Probablemente, el “sí” o el “no” se quedan cortos y Romeo titubee, atragantándose con la respuesta. Así, a boca de urna, no es tan fácil responder una pregunta de esa naturaleza, porque inmediatamente nos vienen a la mente los “sí” de tantos momentos felices y, también, los “no” de tantos otros, marcados por la tristeza e infelicidad. Habría que tener una muy buena calculadora para sacar las cuentas y, aún así, la simple aritmética nos resulta insuficiente. No obstante, la pregunta –aunque indiscreta- es válida y allí andamos unos y otros procurando la felicidad propia y la de los nuestros. Los deseos de “feliz Navidad” y “feliz año nuevo” que hemos pronunciado en abundancia en estas últimas semanas son mucho más que frases corteses, exteriorizan una realidad profunda de la condición humana: queremos ser felices, con la alegría contagiosa del niño que ríe corriendo detrás de la pelota.

¿Cómo se hace para que el saldo del día, de los años y de la vida sea la alegría? ¿Qué hacemos con la enfermedad, las contradicciones, la depresión, el dolor propio y ajeno? El silogismo infalible no sirve para dar una respuesta que llene el corazón y la cabeza. Son preguntas para hacerla a los sabios y a los santos, no a los eruditos. Y en esto la abuela, de rostro sereno -reflejo de las alegrías vividas y del dolor de espadas que han atravesado su alma- tiene mucho más que decir que los horóscopos y las predicciones de las pitonisas. Paradojas de la vida, que para ganarla hay que perderla, como para amar hay que dar. Misterios de la biografía humana a la que nos asomamos con apenas unos balbuceos, al modo de  Chesterton, quien afirma que “todo el secreto del misticismo es el siguiente: el hombre puede entenderlo todo  ayudándose de lo que no puede entender. El lógico enfermizo se afana por aclararlo todo, y lo único que logra es hacerlo más confuso. El místico consiente que algo sea confuso para que todo lo demás sea explicable”.

La alegría, como saldo final del día, no es la cuenta de ahorros abultada, ni la salud, ni los logros que engalanan los currículos de tantos; y no lo es por la sencilla razón de que no siempre hay dinero, ni salud, ni Julieta esperando en el balcón. Pero al mismo tiempo hemos de recordar que el ser humano –no obstante sus carencias- no es una pasión inútil, ni un personaje de una historia contada por un idiota. No, los hombres y mujeres que habitamos estas tierras calurosas hemos sido creados para ser felices y estar alegres, aún cuando duela la muela del juicio. Para verlo de esta manera, necesitamos una mirada más amplia y profunda, aquella que nos lleve a lo esencial, tantas veces  oculto a los ojos. Ojos para ver el mundo de Narnia, escondido detrás de un armario. Inocencia para buscar las hadas que habitan entre los algarrobos, porque nuestro mundo es mucho más que las ineludibles leyes de la física. Sensibilidad para encontrar motivos de esperanza en este valle de lágrimas.

Cuando nos quedamos sólo con los hechos, entiendo que éstos puedan resultar, en muchas ocasiones, insoportables. Hay que dotarlos de sentido y entonces alcanzamos a ver lo que Octavio Paz intuía: “también soy escritura/ y en ese mismo instante/ alguien me deletrea”. Los cristianos, además, podemos decir que venimos del Amor y al Amor regresamos.

Piura, 12 de enero de 2013.

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