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El fin de año suele ser una de las temporadas más ajetreadas para quienes trabajan en el área contable de una empresa. Hay que cerrar el año, hacer Balances y tener muy claro los resultados del ejercicio. El Balance es una fotografía fría, pero real de cuáles han sido los resultados del ejercicio económico: aparecen los ingresos, los gastos; el activo y el pasivo. Sólo a partir de esta primera información del pasado y presente, estamos en condiciones de pensar en el futuro. ¿Qué pensaríamos de una empresa que no hace Balances ni Presupuestos, que no le interese cómo le ha ido, ni se plantee metas de futuro? Desde luego, se trataría de una empresa al garete condenada a desaparecer.

Pues bien, esta misma idea de un sano sentido común hemos de llevarla al negocio más importante que llevamos entre manos: la propia vida. Sin balance ni proyecto personales  no se va muy lejos, más aún se está a la suerte de los vientos e iríamos camino al derrumbe y fracaso vital. El nuevo año que se avecina no se puede proyectar sin un previo balance personal que arroje el activo y pasivo de nuestra real situación en tiempo presente. Si en una empresa, hemos de preguntar en qué estamos, dónde están los activos, cuánto pasivo tenemos; en el plano personal, hemos de hacer algo semejante. Quizá las preguntas que hemos de formular sean estas dos: ¿quién soy? y ¿en qué estoy?

La pregunta “¿quién soy?” admite diversos niveles de profundidad. Me parece que para efectos prácticos nos basta con una primera mirada que nos permita identificar cuáles son nuestros “modos de ser” (cómo soy) y cuáles los “modos de hacer” (qué se hacer) actuales y reales que tenemos. Para precisar mejor la propia visión, conviene que nos miremos no sólo con nuestros ojos, sino también desde los ojos de aquellos que nos conocen muy bien (familiares y amigos, por ejemplo) y de los que trabajan junto a nosotros (compañeros, colaboradores, clientes externos, proveedores, etc.). Estas perspectivas enriquecerán la propia visión y nos ayudarán a ser más objetivos en el conocimiento de las competencias profesionales, actitudes, cualidades, fortalezas y debilidades del carácter, que son el sello de nuestra identidad personal.

La segunda pregunta “¿en qué estoy?” es la otra cara de la misma moneda. Esta pregunta nos lleva a indagar en qué invertimos el tiempo, en qué están puestos, hoy y ahora, el corazón y la cabeza. Es la pregunta por los roles que desempeñamos: ¿cuáles son los más importantes? Cada cual deberá identificar los personalísimos roles que cumple en su familia, en el trabajo, en la sociedad. Así por ejemplo, Juan trabaja como supervisor de ventas en una empresa automotriz. Si él tuviera que identificar sus roles encontrará que su trabajo es un rol muy importante. Además está casado y como esposo y padre ha de cumplir otros roles. Adicionalmente, la suegra tiene peso especial en su vida familiar con lo que, para él,  el rol de yerno es crucial, también. Finalmente, es socio activo de un club deportivo, ocasión de reuniones con amigos y colegas. Los entendidos mencionan que podemos manejar con cierta holgura hasta siete roles los cuales suelen girar alrededor de la familia, el trabajo y el desarrollo personal.

La respuesta a esta segunda pregunta es, probablemente, la más inquietante porque un examen sereno y honesto nos dirá cuánto tiempo le estamos dedicando a cada rol y si esa dedicación corresponde a la importancia del mismo. Dedicarle tiempo a los amigos y al trabajo son desde luego exigencias de la vida, pero si esa dedicación le resta atención a la familia, a los hijos, a la propia vida interior que mide la calidad de nuestras relaciones interpersonales con el yo humano y con el Yo divino, es el momento de girar el timón para volver a orientar la nave de nuestra vida hacia el puerto que un día llevó a Ulises hacia Ítaca, su hogar, en donde aguardan Penélope y Telémaco.

Piura, 29 de diciembre de 2012

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