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Cada inicio de año nos llena a todos de buenos propósitos. Deseamos que las cosas vayan mejor.  Entre tantos anhelos destaca el de la paz como una de las aspiraciones esenciales de la vida buena, plena y feliz que buscamos. Los mensajes de la paz, tanto del beato Juan Pablo II como los del Santo Padre, Benedicto XVI, forman parte del equipaje intelectual que nutre las reflexiones de fin de año y llena de esperanzas el año nuevo “ad portas”. Y, precisamente, porque los seres humanos estamos hechos para la paz, no nos cansamos de pensar y poner las manos en el arado en iniciativas que pongan orden, serenidad, convivencia allí en donde campea la violencia. Los niños asesinados en Connecticut son, todavía, un triste recuerdo que nos debe llevar a profundizar en una pedagogía de la paz que consiga formar, no sólo profesionales eficientes, sino también hombres y mujeres pacíficos, capaces  “de hacer partícipes a los demás de los propios bienes, y de tender a que sea cada vez más difundida en el mundo la comunión de los valores espirituales”.

El Santo Padre, Benedicto XVI, en su mensaje para la jornada mundial de la paz 2013 vuelve sobre una idea que está en el inicio de su Pontificado y dice que “una condición previa para la paz es el desmantelamiento de la dictadura del relativismo moral y del presupuesto de una moral totalmente autónoma, que cierra las puertas al reconocimiento de la imprescindible ley moral natural inscrita por Dios en la conciencia de cada hombre”. Hay una verdad del ser humano, aunque a veces se nos de por sacudirnos de lo que somos, en un intento de ir más allá de las exigencias de nuestra naturaleza humana. Intento que se paga, sin ir demasiado lejos, con el malestar que se sigue después de una noche loca de excesos.

La paz no es sólo un bien para la Noche Buena de Navidad, es un elemento integrante del  bien común societario. Su ausencia se hace notar en aquello que los peruanos consideramos uno de los problemas más importantes que hemos de afrontar: la seguridad ciudadana. Pero la paz tiene aún raíces más profundas, por eso el Romano Pontífice afirma que “el camino para la realización del bien común y de la paz pasa ante todo por el respeto de la vida humana, considerada en sus múltiples aspectos, desde su concepción, en su desarrollo y hasta su fin natural.  También, la estructura natural del matrimonio debe ser reconocida y promovida como la unión de un hombre y una mujer. Estos principios no son verdades de fe, ni una mera derivación del derecho a la libertad religiosa. Están inscritos en la misma naturaleza humana, se pueden conocer por la razón, y por tanto son comunes a toda la humanidad. La acción de la Iglesia al promoverlos no tiene un carácter confesional, sino que se dirige a todas las personas, prescindiendo de su afiliación religiosa”.

La pedagogía de la paz se expresa en “pensamientos, palabras y gestos -acrisolados por el tiempo y testimoniados con el ejemplo- que crean una mentalidad y una cultura de la paz, una atmósfera de respeto, honestidad y cordialidad. Es necesario enseñar a los hombres a amarse y educarse a la paz, y a vivir con benevolencia, más que con simple tolerancia. Es fundamental que se cree el convencimiento de que hay que decir no a la venganza, hay que reconocer las propias culpas, aceptar las disculpas sin exigirlas y, en fin, perdonar”.  El indulto que el Papa ha concedido a su ex-mayordomo, Paolo Gabriele, es un acto de perdón que abre las puertas a la pedagogía del perdón, sabiendo que el mal se vence con la siembra del bien. Trabajo arduo y largo, sin atajos ni apresuramientos, con pleno respeto a la libertad y dignidad humanas.

Piura, 23 de diciembre de 2012.

 

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