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Puede pasar que de un tropezón casual se siga luego un “encuentro”, un hallazgo que fascina y deleita. Algo de esto me ha pasado con el descubrimiento del gran humanista peruano Honorio Delgado (1892-1969): médico, ensayista, literato, educador para quien, al igual que Terencio, nada de lo humano le fue indiferente. Gracias a la Universidad Cayetano Heredia que ha publicado sus obras completas, podemos tener acceso a muchas de sus publicaciones agotadas desde hace un buen tiempo. Su manual de “Psicología” ha educado a generaciones de estudiantes y sus trabajos en psiquiatría lo han convertido en un referente de la medicina. Víctor Morales, Federico Prieto, Luz Gonzales, profesores de la Universidad de Piura, lo conocieron y todos ellos resaltan el talante humanista de Honorio Delgado.

Hay un pequeño texto al que deseo referirme. Es una conferencia dictada en 1956 con el título “Lectura y cultura”. Se disfruta de principio a fin. La calidad de este texto está en el orden de aquellos otros a los que vuelvo con frecuencia: “Consejos a un estudiante” de Max Jacob, “Cartas a un joven poeta” de Rilke o “Cartas a un joven estudiante” de Alvaro d´Ors. Dice nuestro autor que la “lectura que cultiva real y profundamente nuestro ánimo es aquella capaz de constituirnos en exploradores encantados y prudentes del espíritu a través de la floresta soberbia de los libros reveladores; lectura libre, proporcionada y selecta, cuyo mejor fruto es la perfección íntima”. Lectores y no meros leedores de libros, pues “hay gente –continúa diciendo- que lee mucho sin conseguir más que agravar los vicios de su espíritu o su falta de espíritu”. Existen, pues, lecturas esenciales, aquellas que nutren el espíritu y nos llevan a comprender mejor la realidad y nuestro puesto en el mundo. Libros que se leen a cuenta gotas, como el buen café cuando destila. Afinan el buen gusto y, como deseaba Honorio Delgado, fortalecen la personalidad.

El lector aprovechado es el lector encantado, no cualquier lector. Es el lector que ha descubierto que muchas veces lo esencial permanece oculto a los ojos como le explica el  zorro al Principito. Un lector que no ha perdido la sensibilidad para mirar con cariño el misterioso mundo de Narnia, de tal modo que “vive como adulto sin dejar de sentir como niño”. No se deja seducir por el racionalismo desencantado que “seca en su alma las fuentes de la feliz ingenuidad, de la poesía de la vida y de la fe en una norma suprema”. Y si cada recipiente recibe según su capacidad, también es verdad que los buenos libros comunican sus esencias en los lectores que dejan espacio para recoger los frutos maduros de la pluma del escritor. No todos los libros poseen esta cualidad, pues, junto a la moneda de buena ley, la hay también de escaso valor.

Las buenas lecturas –escribe Honorio Delgado- dan “una perspectiva sinóptica y plenaria del mundo, una tabla de valores rica y armoniosa, una concepción clara y profunda de la vida”.  “Lo esencial no es una muchedumbre extraordinaria de dones sino la proporción debida de los mismos”, sabio consejo del maestro Delgado que nos capacita para ser miembros de la “caravana presurosa e infinita de la humanidad entera”.  El dilema no se plantea entre leer mucho o leer poco. De lo que se trata es de saber leer: un buen maestro, un buen consejo nunca están de más para acertar en este arte largo de por sí, en contraposición de la vida breve y el escaso tiempo del que disponemos.

Piura, 14 de diciembre de 2012

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