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A propósito de un reciente libro del profesor Joaquín García-Huidobro (“¿Para qué sirve la política?”, Instituto Res Pública, Santiago: 2012) me vuelvo a encontrar con la sabiduría y sentido práctico de Aristóteles, cuyas reflexiones sobre la “polis” -la ciudad- pueden ayudar a querer con obras y de verdad a nuestra ciudad de Piura, en el entendido de que no hay amor a la patria, si antes no pasa por el amor e interés por la ciudad.

Empecemos por el principio: la ciudad surgió por las necesidades de la vida, pero subsiste para vivir bien. Hay que comer, cobijarse bajo un techo, cuidar  de la salud, transportarse  a los centros de trabajo, educarse y cosas semejantes que se ubican en el campo de las necesidades humanas. Para atender a la satisfacción de esas necesidades nació la ciudad, pero su permanencia no se justifica sólo con estas tareas. La ciudad subsiste para vivir bien. Aspiramos a mucho. A los seres humanos no nos basta sólo con sobrevivir (llegar vivos al final del día), ni siquiera nos basta con “vivir”. Queremos vivir bien, tener vida de calidad en una ciudad segura que nos ofrezca lugares comunes en donde podamos ir con los amigos y la familia; caminar por las calles y no caer en los huecos y trampas abiertas, una veces por ladronzuelos de tapas y otras por las mismas constructoras. Deseamos una ciudad grata a los ojos, para cuyo fin hacen falta programas urbanísticos meditados, consensuados y bien diseñados. Una ciudad, asimismo, agradable a los oídos, sin la bulla  desaforada de bocinas ni el malsano ruido de los aviones de la Fuerza Aérea, cuando maniobran sobre el área urbana de la ciudad.

Segundo consejo: “de individuos semejantes no resulta una ciudad”. Lo ordinario en la política es la gestión de la diversidad y eso pasa en todos los niveles, el nacional, el regional y  el local. Hacer la obra común de la ciudad supone verdaderos dotes de político para saber lidiar con la oposición de algunos, la apatía de muchos y las buenas iniciativas de tantos grupos y asociaciones que emprenden proyectos de inclusión social, deseosos de fomentar la vida cultural y artística en nuestra ciudad. La uniformidad no le hace bien a la ciudad. El tejido sano de la ciudad se expresa en diferentes ámbitos. Allí está el barrio organizado, los grupos de voluntariado social, las asociaciones de amigos y más expresiones de la vida societaria, que  asumen tareas dirigidas al bien común de la ciudad. Una buena gestión municipal debe promover, animar y ayudar a todas estas expresiones de bien vivir. Más aún, tiene que contar con la opinión de los vecinos cuando se trata de obras o servicios que van a afectar la vida comunitaria. No se puede dejar la gestión de la diversidad a las solas normas administrativas, unas veces acertadas y otras tantas equivocadas.

Y así como el Municipio debe animar los proyectos sanos de los vecinos, también debe protegerlos de las patologías de ciertos colectivos que para ejercer unos derechos no tienen ningún reparo en atropellar los derechos de sus conciudadanos. Estoy pensando en la manía de tomar las calles del Gobierno Regional y otros entes públicos ocasionando un caos vehicular que obstaculiza el tránsito  de quienes siguen trabajando para llevar el pan de cada día a su hogar. “Si la ciudad –dice García-Huidobro- es obra de ciudadanos, entonces ellos no pueden permanecer pasivos. La ciudad también merece ser defendida, si no queremos que se transforme en una especie en extinción”, samaqueada a su antojo, por diseños urbanísticos incoherentes o constructoras con poca responsabilidad social, incapaces de mejorar las vías y jardines de su entorno. Si queremos tener una ciudad, y no sólo un precario amontonamiento de bunkers aislados, debemos ocuparnos de ella para conseguir que sea la sede de la buena vida diaria de los piuranos.

Piura, 8 de diciembre de 2012.

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