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Howard Gardner es uno de los más prestigiosos psicólogos cognitivos en la actualidad. Lo conocemos por sus libros “Inteligencias múltiples”, “Las cinco mentes del futuro”, “Trabajo bien hecho”, entre otros. Su más reciente entrega, “Verdad, belleza y bondad reformuladas. La enseñanza de las virtudes en el siglo XXI” (2011) me vuelve a sorprender, pues se trata de un libro que pone en primer plano los radicales más fuertes de la realidad, no como algo del pasado sino como el eje permanente que configura la condición humana. Cuando en el horizonte cultural pululan posturas relativistas que desprecian  la verdad, o  plantean que en el arte todo vale o, más aún, campea el cinismo en la vida moral; una propuesta como la de Gardner es un buen estímulo para insistir en lo esencial, aunque a veces pase oculto a los ojos.

Gardner es un psicólogo, pero en esta obra  intenta un trabajo interdisciplinario en la que la filosofía ocupa papel primordial. “Sólo a través de la filosofía –sostiene-  se puede reflexionar sobre la naturaleza de las afirmaciones y las declaraciones que invocan los términos verdadero, bello y bueno”. Es, él  mismo lo dice, un amor de aficionado a la filosofía y así hay que mirar el libro. No tiene el rigor de una investigación humanística de fondo, faltan autores esenciales (Aristóteles, los estoicos, Tomás de Aquino, MacIntyre y un larguísimo etcétera) y falta, también, rigor en los contenidos de cada uno  de los trascendentales del ser que él llama con bastante libertad virtudes. No obstante, el libro no pierde fuerza, porque el sentido común se abre campo y arroja luces que ayudan a comprender la perennidad de la verdad, la belleza y el bien. Se puede decir que el libro de Gardner es un buen aperitivo para, luego, entrar a fondo en la indagación de su naturaleza propia.

“Cada una de las virtudes –defiende Gardner- engloba un ámbito abstracto de experiencia: propuestas verbales, experiencias evocadoras y relaciones entre seres humanos, respectivamente. Cada una de ellas se ejemplifica mejor mediante determinadas actividades humanas: la ciencia y el periodismo versan sobre la verdad; el arte y la naturaleza son el ámbito de la belleza; la bondad incumbe a la calidad de las relaciones entre los seres humanos. El trío de virtudes, aunque indudablemente evoluciona y es objeto de ataques, sigue siendo esencial para la experiencia y la supervivencia humanas. No debemos ni podemos renunciar  a ellas”. Los ataques vienen por parte de los llamados pensadores postmodernos, expertos en demolición de todo lo que suene a permanente y; también, de las nuevas tecnologías de la información en tanto que convierten en efímera a la realidad. Buenos contrincantes con los que se enfrenta Gardner y lo hace con la convicción de quien ha tocado, en su larga experiencia profesional, lo permanente de la condición humana.

Defensor de la singularidad humana, Gardner afirma que “nuestras decisiones no tienen que estar dictadas por los genes o por los rasgos impersonales de la oferta y la demanda”. Hace más bien hincapié  “en la importancia de las historias únicas, los perfiles culturales distintivos y los accidentes felices o infelices”. Los seres humanos tienen la aptitud para tomar sus propias decisiones, aunque se hallen sometidos a fuertes presiones que les impulsan en una determinada dirección. La historia no es una fatalidad ni está escrita de antemano. Sólo una actitud de confianza frente a la realidad nos hace ver que ella es verdadera, buena y bella, a pesar de la fragilidad y malicia humanas.

Piura, 3 de noviembre de 2012.

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