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La crisis económica por la que atraviesa la Unión Europea pone en primer plano los problemas de un modo de organización política y económica, el llamado Estado de Bienestar, no sostenible en un mundo globalizado que exige altos estándares de competitividad para generar riqueza. Pero la Unión Europa es mucho más que su crisis financiera y, por eso, el Premio Nobel de la Paz 2012 le ha sido otorgado en reconocimiento a los más de sesenta años en los que ha contribuido al desarrollo de la paz y la reconciliación, la democracia y los derechos humanos en Europa. Un proyecto que se consolidó en mayo de 1950 con una Carta de intenciones vinculantes por la que Francia propuso a la Europa entera poner bajo una Autoridad máxima los intereses económicos de Alemania y Francia sobre el carbón y el acero. El autor de tal proyecto fue Robert Schuman, Ministro de Relaciones Exteriores del gobierno francés en aquél momento.

Hasta antes de los años cincuenta, Francia y Alemania se habían enfrentado en continuas guerras. Eran enemigos unos de otros. Después de la Segunda Guerra  Mundial, Europa había quedado en ruinas y se cernía sobre el occidente europeo la amenaza comunista, así como el estallido de una tercera guerra mundial. El arquitecto de la nueva Europa es Schuman para quien la razón de ser de la unificación europea –ha dicho Margriet Krijtenburg- es  “la común herencia cultural y espiritual, capaz de inspirar una efectiva solidaridad a través de las fronteras”. El plan Schuman consiguió que el carbón y acero que hizo la guerra fuera desde ese momento el instrumento de la paz. Italia, Bélgica, Holanda y Luxemburgo se unieron al proyecto. Integración que ha continuado hasta la fecha y ha significado una siembra del espíritu democrático, condición indispensable para acceder a la Unión: Grecia, España y Portugal dieron el giro hacia la democracia en los años ochenta.

Los padres fundadores de Europa, Schuman, Monnet, Adenauer y De Gasperi tuvieron muy en claro que la integración económica –vía la moneda común del Euro, por ejemplo- era un medio y no el fin de la unificación europea. Así lo ha dicho, también, otro gran europeísta -Joseph Weiler- para quien “el telos fundacional europeo no se refiere, pues, a la realización de un mercado común que pueda acrecentar nuestro bienestar común. Esto, la creación del mercado común, es el instrumento, el medio. Pero el “fin”, la finalidad a alcanzar para lo que se han empleado esos medios, es la “integración”. Es decir, una Europa de la ciudadanía que se construye paulatinamente y se abre paso en medio de los avatares propios de la vida en común, tejida de semejanzas y, también, de diferencias que hacen vistoso un tapiz, como lo es el de la cultura europea.

El premio Nobel de la Paz para la Unión Europea es un buen fogonazo que puede iluminar los rincones oscuros que se han generado en la crisis por la que atraviesa la vieja Europa. La declaración conjunta de los representantes de la UE, Barroso y Van Rompuy sintetiza muy bien el espíritu de este magno proyecto orientado a terminar con la guerra y las divisiones y caminar juntos para forjar un continente de paz y de prosperidad. Los tiempos han cambiado desde aquel mayo de 1950, se han hecho más turbulentos. Quizá más que nunca habría que volver a nutrirse de la visión y magnanimidad de los padres fundadores de Europa.

Piura, 27 de octubre de 2012.

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