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De las tantas cosas que nos pasan, hay muchas que sólo tienen por testigo a Dios y otras que únicamente quedan entre tú y yo, como muy bien lo canta el valsecito criollo: “este secreto que tienes conmigo nadie lo sabrá. Este secreto seguirá escondido una eternidad”. Saber hablar y colocar lo público en el espacio público, saber callar y dejar lo íntimo en la intimidad no siempre ha resultado tarea sencilla. Y para demostrarlo allí están los innumerables juicios que se  ventilan cuando se generan conflictos entre la libertad de expresión y los derechos al honor, la intimidad, la imagen, entre otros. No toleramos que nadie meta la nariz dónde no debe y cada cual protege de modo natural su espacio íntimo o privado. Cuando se da una intromisión indebida, saltamos y se pone en movimiento el orden jurídico diseñado para proteger estos derechos de la personalidad.

Lo que pasa en el programa televisivo “El valor de la verdad” no es un caso de intromisión ilegítima, se trata de personas que dan su consentimiento para contarlo todo, en un acto de disposición de su intimidad protegido por el código civil peruano en su artículo 16: “La intimidad de la vida personal y familiar no puede ser puesta de manifiesto sin el asentimiento de la persona”. Es decir, si hay  asentimiento del entrevistado, la confesión, por más desinhibida o cruda que sea, es lícita. El mismo código civil, unos artículos antes (artículo 5) ha definido que los derechos inherentes a la personalidad (entre ellos, la intimidad) son irrenunciables. ¿En qué quedamos, entonces, si por un lado la intimidad es irrenunciable y no puede ser objeto de cesión ni sufrir recorte voluntario y, por otro lado, se me permite dar mi asentimiento para exponer libérrimamente mi vida íntima? Dilema nada sencillo, pues lo que ata el código con la mano derecha, con la izquierda lo desata.

Casos como el reciente de Ruth Thalía que todos lamentamos nos hacen pensar no sólo en los desmadres del oficio periodístico, sino también en los desbordes de la libertad personal: quiero, puedo, me la gana, lo hago. En los reality shows, talks shows, y programas de formato parecido se exhibe vida y milagros de los participantes, muchas veces hasta límites de la denigración personal. Programas en los que confluyen empresas televisivas, anunciantes, presentadores, público dispuesto a enchufarse a la TV y un buen índice de rating. Programas que se mueven al filo de la navaja legal y para cuya valoración la sola norma legal resulta muy insuficiente.

Hay que ir más a fondo y aferrarse al valor inconmensurable de la dignidad personal: honor e intimidad son bienes irrenunciables, incluso oponibles a uno mismo. Bienes que no se pierden, aún con las malas prácticas que nosotros mismos realizamos. Son bienes del alma que crecen en silencio y se purifican en la soledad y la confesión de quien tiene derecho a saber con las palabras exactas y ni una palabra más. Lo público como público y lo privado como privado, no en la televisión o en cualquier otro formato que exponga aquello que por naturaleza ha de permanecer al cobijo de la intimidad personal y familiar. La intimidad es, pues, un derecho inherente a la persona humana y por eso inviolable desde fuera e, igualmente, irrenunciable por parte de su titular: se puede decir mucho, pero no se debe llegar al despojo. Nos basta el sentido común para rechazar este tráfico de la dignidad humana. ¿Habrán puesto las barbas en remojo las televisoras y los anunciantes o piensan que ellos están por encima del bien y del mal?

Piura, 6 de octubre de 2012.

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