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Las edades de la vida tienen su propio ritmo. Se empieza con el llanto del aparecer en la vida, se sigue con la risa, el juego y poco a poco nos vamos abriendo a nuevos intereses y experiencias, hasta llegar a las cosas serias de la vida. Con los años, después de haber pasado por la etapa del león –la propia de la gente joven- que todo lo puede, también se llega a saborear la fragilidad de la condición humana. Comprendemos que solos no lo hacemos, necesitamos de los demás, los nuestros, familiares y amigos; terapia y pastillas. Y llegan, también, los momentos cruciales, aquellos en los que se está más cerca del arpa que de la guitarra, momentos en los que -sin lugar a dudas- nos sabemos enteramente en las manos de Dios. Siempre lo hemos estado, pero estos remezones de la vida, nos llevan a poner la mirada en lo alto, para postrarnos ante el Padre de los vivientes.

Cuántas veces hemos oído que no hay que esperar a las dificultades para dirigirse a Dios. Y es verdad, pues el camino de la fe, iniciado en el bautismo, comprende toda nuestra historia personal con sus más y sus menos. Nos pasa, quizá, que no acabamos de sacar todas las consecuencias que se siguen de la condición de cristianos. Nos queda grande la llamada y vivimos, en no pocas oportunidades, de espaldas al mensaje que profesamos. Un camino que se recorre en primera persona, en esa gran autopista que es la Iglesia, con una cabeza visible, el Papa -sucesor de San Pedro- siervo de los siervos de Dios.

El Perú no sólo está entre los países estrella con un crecimiento económico envidiable, sino que además ocupa, según la reciente encuesta de la WIN-Gallup International, el noveno lugar de las naciones más religiosas del mundo (86% se declara religioso). Es decir, la fe en Dios no escasea entre nosotros y la ponemos a prueba en cada partido de fútbol copero, cuando pedimos un milagro en el score para llegar al Mundial. Fe hay, podemos nutrirla más, con la cabeza y el corazón. Se abre este año una nueva oportunidad para reanimar, purificar, confirmar, testimoniar la Fe recibida en el bautismo. Su Santidad, Benedicto XVI, ha convocado un Año de la Fe que se inaugura este 11 de octubre, a los cincuenta años del inicio del Concilio Vaticano II y veinte de la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica. El arzobispo de Piura, Mons. Eguren, se ha unido a este llamado del Papa y ha tenido la feliz iniciativa de abrir el Año de la fe con un Congreso Teológico que ha reunido a teólogos y al pueblo fiel piurano.

Pienso en tantas circunstancias particulares de amigos y conocidos que con fe serena afrontan esos momentos cruciales de la vida. Su sensibilidad es mayor y saben que su rezo no cae en el vacío, porque creer en Dios, no es creer en una idea, es creer en una Persona. En este Año se nos invita a hacer propio el compromiso de “redescubrir los contenidos de la fe profesada, celebrada, vivida y rezada,  y reflexionar sobre el mismo acto con el que se cree”. Fe y vida de fe; estudio y testimonio. Aprender a gozar de la liturgia, conocer el magisterio de la Iglesia, acercarnos como hijos pequeños al Dios misericordioso que se encarnó y padeció por cada uno de nosotros. “Piedad de niños –decía San Josemaría- y doctrina de teólogos”.

Piura, 29 de septiembre de 2012.

 

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