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Una nueva ola de manifestaciones y revueltas violentas irrumpen en el mundo musulmán alrededor de una película colgada en “youtube” con el sencillo nombre de “La inocencia de los musulmanes”. Un film producido en Estados Unidos, con escaso presupuesto, sin ningún éxito de taquilla y, francamente, mala como película. Ban Ki-Moon, secretario general de la ONU, la ha calificado de repugnante. No se sabe, a ciencia cierta, quién es el director. Es decir, una película oscura desde su nacimiento que, entre otras cosas, presenta escenas que denigran a Mahoma y a sus seguidores. Una caricatura –mal interpretada- de la vida del profeta. Las revueltas ya han cobrado víctimas: en Libia, Túnez y Sudán. El blanco de los ataques ha sido Occidente, representado por las embajadas de EE. UU, Alemania y Reino Unido.

Ante este escenario convulso, no puedo dejar de hacer esta pregunta: ¿es ejercicio legítimo de la libertad de información y de expresión? Lo que pasa ahora no es un episodio aislado. Antes estuvieron los  “Versos satánicos” de Rushdie, las caricaturas de Mahoma publicadas en un diario danés y las fogatas con el Corán de insumo. En Occidente, lo ha comentado en alguna oportunidad Vargas Llosa, nos podemos tomar la libertad de ser irreverentes, incluso con lo más noble. Pero,  ¿se puede seguir siendo irreverente, haciendo burla y escarnio de las creencias religiosas de los musulmanes -o de cualquier fiel de otra religión- y escudarse en la libertad de expresión? ¿Es posible desentenderse de las consecuencias que puede originar un mensaje cuando muchos lo entienden como injurioso?

La idea de unos derechos absolutos que caminan por veredas estrechas arrojando a todo el que se pone a su paso no deja de ser una postura inconsistente. Todo derecho dialoga con sus vecinos y de ese modo reclama el espacio que le pertenece y no más. Entre otras cosas, los mensajes comunicativos dejan de ser tales cuando se convierten en injurias y esto es un asunto que cualquier mortal lo entiende, chicos y grandes: basta que alguno se exceda en el vocabulario y empieza la gresca. Bastante de esto pasa con la sensibilidad religiosa musulmana: el Corán, Mahoma no se tocan. Esto ya se sabe, ¿por qué insistir, cada cierto tiempo, en herir esa sensibilidad? La reacción de ciertos grupos en los países musulmanes ha sido violenta, desproporcionada, incluso. No se justifica el acoso a las embajadas occidentales ni las muertes ocasionadas, pero hay uno que encendió la mecha…

No está la Magdalena para tafetanes dicen las abuelas cuando la situación está candente. Y el Medio Oriente no está con el humor para pasar por alto mensajes injuriosos como el de la película en cuestión. Nuestro mundo está globalizado, pero eso no significa que todo sea igual y homogéneo. En él se albergan  culturas, razas, religiones, sensibilidades muy diversas. Al menor descuido, reclamamos “tolerancia”, pero no siempre acertamos con la dosis. Viene bien recordar que la comunicación debe generar tranquilidad en el orden, es decir, paz. Un mensaje ofensivo del que pueden seguirse inestabilidad y violencia está descalificado como mensaje. Occidente no tiene la culpa de los excesos de alguno de sus conciudadanos, del mismo modo que no le podemos achacar la culpa de esas reacciones violentas a todo el Islam. Unos y otros tenemos que aprender, pero me parece que la irreverencia injuriosa no cabe sin más entre los seres humanos.

Piura, 15 de septiembre de 2012

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