La llamada crisis de los rehenes, secuestrados por un grupo de terroristas del MRTA a finales de diciembre de 1996 y cuyo rescate fue realizado por la intervención de los comandos de Chavín de Huántar el 22 de abril de 1997, es aún historia reciente en el Perú. La verdad se abre paso fatigosamente y ha sido un acierto que el ahora Cardenal Juan Luis Cipriani, Arzobispo de Lima, publique un prolijo testimonio de esos cuatro meses de cautiverio y convivencia con los rehenes y terroristas, en su calidad de representante del Vaticano en la Comisión de Garantes que intentó llegar a una solución pacífica y ordenada de la crisis. Una visión desde dentro que recupera el lado humano de la crisis, a veces, opacada por la frialdad de las noticias y de las estadísticas. Y rehenes lo fueron los secuestrados y, también, los mismos terroristas porque como comenta Monseñor Cipriani Néstor Cerpa Cartolini y el “El Árabe” acabaron siendo dos rehenes más en esa cárcel de ilustres personajes, en gran parte por la intransigencia de Tito y Salvador, el lado duro del grupo terrorista, quienes no dieron su brazo a torcer durante las negociaciones.

Los rehenes con “sus rostros demacrados, largas barbas, ropas impregnadas de pestilencia reflejaban la humillación a la que estaban siendo sometidos. El maltrato a su dignidad clamaba al Cielo”. El contraste entre el ambiente precario  en el que vivían enclaustrados los rehenes y el mundo exterior fue una constante en el ánimo del Cardenal, cuya imagen se nos hizo familiar por la televisión cuando se le veía entrar jalando un pequeña maleta en la que solía llevar lo necesario para la celebración de la Santa Misa dominical, a la que acudían los rehenes católicos y muchos de los ciudadanos japoneses. Varios  de los terroristas, muchachos y muchachas jóvenes, también asistían a la Misa, “ponían atención durante los sermones e inclusive recibían de buen agrado los crucifijos y rosarios” que les regalaba. “En mis diálogos con ellos –narra Monseñor Cipriani-  percibí una elemental formación cristiana (…), me percaté de que no poseían una instrucción doctrinal de las ideas marxistas. Se escondían detrás de frases y eslóganes aprendidos de sus jefes. No eran conscientes pero sus pretensiones aspiraban al bien del que habla el mensaje de Cristo. La gran diferencia era que los motivaba el odio, no el amor. A partir de allí se equivocaban los caminos”.

Néstor Cerpa era desconcertante en sus cambios violentos de carácter. “Jugando fulbito se entusiasmaba como un niño. Luego obviaba lo urgente y hacía esperar al gobierno, a la Comisión de Garantes, al país, al mundo entero… Al final estallaba como un endemoniado para después pedir disculpas… Los rehenes se indignaban e impacientaban ante esa actitud desequilibrada. En determinado momento noté algo preocupante: Cerpa empezó a encerrarse en sí mismo. Lo veía más solitario, más callado, más alejado de su gente. Solo parecía relajarse con los partidos de fulbito”. En cambio, el segundo de abordo, “El Árabe” tenía más ecuanimidad y era consciente de que las negociaciones no podían sostenerse en requerimientos extremos. Constantemente se dirigía a Monseñor y le decía: “tenemos que avanzar entre usted y yo, a ver si conversamos un poco más la próxima vez que venga”. Pero él también había perdido ya el liderazgo. “Los terroristas rasos permanecían sumisos en el aburrimiento y –continúa contando Monseñor- tengo la impresión de que, a diferencia de Tito y Salvador, ya no tenían la intención de matar a nadie porque la larga convivencia les había generado una extraña familiaridad con los rehenes, quizá solo por el hecho de verlos a diario, o tal vez por el sentimiento oculto de sentirse tan rehenes como ellos”.

El tiempo pasa y el acuerdo no llega. Cerpa pide la liberación de todos los terroristas presos del MRTA. El gobierno no lo acepta. Hay muy pocas concesiones. Se vislumbra una salida con la ayuda de Cuba que recibiría a los terroristas por un tiempo. Parece que puede llegarse a una salida pacífica, pero la cuerda de la negociación se pone tensa y se rompe una y otra vez. La salud de Monseñor Cipriani se deteriora. Guarda cama. Es el 22 de abril, Cerpa Cartolini le escribe una carta a las 12:53 p.m.: “Reciba saludos de parte mía y todos los compañeros que nos encontramos en la residencia. Créame, Monseñor, que estamos muy preocupados por su salud y deseosos de que se recupere lo más pronto posible. La verdad, Monseñor, en particular me siento un poco culpable por el deterioro  de su salud, pero estoy seguro Ud. me sabrá comprender algún día y que a veces para alcanzar la justicia no nos queda más que realizar cosas extremas, como la ocupación que hemos hecho (…). Finalmente decirle que todos los compañeros escuchamos anoche sus declaraciones y le agradecemos también el haber hecho mención a nuestros familiares”. Dos horas después los comandos de Chavín de Huántar liberarían a los rehenes.

Entiendo la cantidad de sentimientos encontrados de Monseñor Cipriani cuando al día siguiente salió en la televisión a declarar. Los garantes desconocían el operativo militar. Se echó a llorar. Unos recuperaron su libertad, otros murieron: los terroristas, dos valerosos comandos y uno de los secuestrados. No vivimos en el mejor de los mundos posibles, es cierto, pero el camino del desarrollo se construye con sembradores de paz y no de violencia; ésta sólo engendra más violencia.

Piura, 8 de septiembre de 2012.

 

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