En más de una oportunidad nos hemos preguntado en la familia o con los amigos, qué cosas interesantes podemos hacer, a dónde ir, cómo aprovechar la noche o el fin de semana con algo que alegre el cuerpo y llene de gozo al alma. Algo más que la televisión, el internet o pasar el momento sin pena ni gloria. Intereses hay, pero a veces faltan las cosas interesantes y si no las hay, en gran parte es porque faltan esos buenos gestores culturales atentos a crear los espectáculos que eleven la calidad de vida y el tono de las conversaciones. Por eso me ha llenado de entusiasmo y esperanza el programa de actividades de la semana de Ingeniería  de la Universidad de Piura, un ejemplo de cómo se puede superar la banalización de la cultura que preocupa a tantos, entre ellos a Vargas Llosa, y no sin razón.

El programa empezó con la representación de la obra de teatro de Alejandro Casona, “La dama del alba”. Alumnos de Comunicación, Gestión Cultural e Ingeniería subieron al estrado e interpretaron el misterio inquietante de la vida y la muerte. Escenas de campo, aderezadas con leyendas fantásticas, como aquellas que contaban las abuelas al calor del fuego, en medio de la oscuridad. Angélica, al poco de casarse con Martín, huye con otro hombre. Vuelve a la casa después de cuatro desastrosos años de rodar de mano en mano. No espera encontrar el amor que dejó, pero por lo menos, busca un lugar en dónde estar. La Peregrina –la muerte- la aguarda y le dice que ya no hay sitio para ella en ese hogar. Angélica se defiende y afirma que estaría dispuesta a recibir las reprimendas y, aún el castigo físico de manos de Martín; sería, incluso –continúa diciendo Angélica- el único dolor limpio que tendría en la vida. Amor, traición, arrepentimiento,  alegría, misterios de la vida.

La Orquesta Sinfónica de Piura ofreció, también, un precioso concierto: oberturas, preludios, piezas de películas, música peruana. Un espectáculo que quizá no acabamos de apreciar y fomentar del todo. Una muestra de que la gran música tiene un espacio irrenunciable. Hay cultores de ella para cuyo disfrute hemos de afinar los oídos: tarea grande para la casa y los colegios, entre otros. Y de la Sinfónica pasamos al formato de la Big Band, nuestro Grupo Orquestal a cuyo ritmo se mecen los brazos y los pies. Trompetas, saxos, batería, teclado; percusión, aire, cantantes; chicas y chicos enfundados en los polos de sus Facultades. Desfilan las canciones: “eye of tiger”, “tijuana taxi”, “corazón de melón”, e incluso alguna pieza de “Coldplay”. Piezas que he oído tantas veces y que sigo disfrutando en mañanas soleadas, entre algarrobos y piletas, uno más entre los muchísimos alumnos y profesores que se dieron cita para el concierto.

El ingenio de los alumnos se pone a prueba en los concursos de resistencia de puentes y el nuevo de “catapultas”. Actividades que congregan a los amigos y ponen en movimiento tiempos compartidos de vida universitaria. Ya no es el chasquido de vasos y botellas o el grito desaforado de cantina. Es el crujir de los puentes que resisten hasta quebrarse en añicos y las vivas del público entusiasmado que clama y aplaude a los competidores. Bonito espectáculo el de la risa sana. Y como todo tiene su término, nada mejor que la noche de talentos, viernes largo, cuerpos distendidos, grupos de rock y final con un clásico de cine: la decana en el teclado, Tito en la guitarra, William al cajón y las voces de Max, César y Nacho, señores de la jarana.

Piura, 2 de junio de 2012

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