“Redentores” es el título que lleva el voluminoso libro del historiador mexicano Enrique Krauze (Debate, 2011) en el que,  a través de los perfiles de ocho personajes latinoamericanos, hace un mapa conceptual de las ideas y el poder en América Latina. El tramo más largo está dedicado a Octavio Paz, de quien Krauze fuera discípulo. Una narración que nos descubre la singular biografía de este cantor de la “mexicanidad”, para quien ser mexicano no significó desentenderse de la cultura universal, ni negar la posibilidad de ser simplemente seres humanos.

En 1974, Paz cumple 60 años y hace ajuste de cuentas de sí mismo; está de vuelta de sus fervores marxistas, amplía su visión y deja atavismos iniciales.  Rectifica rumbos intelectuales y se reconcilia con las tradiciones históricas. Es el Paz que conocí en mi época universitaria y que seguí leyendo en adelante;  el autor de “La doble llama”, “Vislumbres de la India” e “Itinerario”. Aquel que escribió: “Soy hombre: duro poco/ y es enorme la noche./ Pero miro hacia arriba: las estrellas escriben./ Sin entender comprendo:/ también soy escritura/ y en ese mismo instante/ alguien me deletrea”.  Una vida –a decir de él mismo- “entre dos puntos, uno de salida y otro de llegada, cuyo trayecto no es la recta ni el círculo sino la espiral, que vuelve sin cesar y sin cesar se aleja del punto de partida. Un “homo viator” en el más genuino sentido cristiano de la vida.

El México de los setenta al que regresa Paz se parece mucho al Perú de la misma década y “mientras en Occidente el marxismo iba de salida, en las aulas de México tomaba gran fuerza (…) Este auge del marxismo se reflejó en los planes de estudio (…) Los universitarios mexicanos vivían en socialismo… Esta condición les llevaba a esperar demasiado del Estado o de un futuro Estado revolucionario que volvería a todos los mexicanos… universitarios”. Octavio Paz iba contracorriente a estos cargados aires ideológicos. Su genealogía familiar lo emparentaba con los liberales como su abuelo Ireneo y, a la vez, buscaba corregir el liberalismo con el zapatismo, aquel por el que luchó su padre: “Mi abuelo, al tomar el café,/ me hablaba de Juárez y de Porfirio,/(…) Y el mantel olía a pólvora./ Mi padre, al tomar la copa,/ me hablaba de Zapata y de Villa,/ (…) Y el mantel olía a pólvora./ Yo me quedo callado:/ ¿de quién podría hablar?“. Frente a la oposición, Paz planteó la reconciliación.

Paz era más un republicano que un liberal, de ahí que “cuando la virtud flaquea y nos dominan las pasiones –casi siempre las inferiores: la envidia, la vanidad, la avaricia, la lujuria, la pereza- las repúblicas perecen. Cuando ya no podemos dominar a nuestros apetitos, estamos listos para ser dominados por el extraño”. Y de la virtud pasa a la religión: al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Separación del trono y del altar. “Sin embargo –afirma Paz-, no es posible ni prudente ignorar a las religiones ni recluirlas en el dominio reservado de la conciencia individual. Las religiones poseen un aspecto público que es esencial, como se ve en una de sus expresiones más perfectas: el rito de la misa”.  En Paz hay más preguntas que respuestas y cuando las vislumbra las dice en primera persona. Huye del anonimato  y de las respuestas que culpan al sistema. Casi al final de su camino dejaba esta lección: “luchar contra el mal es luchar contra nosotros mismos. Y ése es el sentido de la historia”.

Piura, 23 de marzo de 2012

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