Cada inicio de ciclo académico en la universidad me planteo la mejor forma de hacer atractivo el curso que dicto a alumnos de fin de carrera,  jóvenes a punto de empezar su vida profesional. Lo que les enseño no les servirá para mejorar sus destrezas en la investigación de mercados, en el cálculo de la base imponible del impuesto a la renta, o en el juego de la bolsa. Tampoco les doy fórmulas para ganar más dinero. Les enseño ética. A estas alturas de sus estudios (cuarto o quinto de carrera), la materia les resulta familiar. Los diarios y noticieros les han mostrado la patología de la ética, en su cara más común: la corrupción, el tráfico de influencias, el falseamiento de información.

En realidad, lo que me pasa a mí, le pasa a más de uno de mis colegas, aquéllos que a lo largo de la carrera  enseñan temas nada productivos: literatura, historia, filosofía, arte, ciencias de la vida. Materias “inútiles”, no apuntan a lo específico de la empresa, la ingeniería o la publicidad. Y, desde luego, un poema de César Vallejo poco agrega al arte de la panadería, porque de ordinario dónde se puede quemar el pan es dentro del horno y no en la puerta. ¿Qué utilidad – argumentará alguno- le puedo sacar a saber sobre el origen del universo si lo que yo quiero es poner una fábrica de jugos o dedicarme al marketing?

El estribillo que suena entre nuestros políticos es semejante: nos hacen falta más técnicos, ellos sacarán adelante al país. Conocimientos prácticos, nada de abstracciones inútiles, se dice. No les falta razón, en parte. El problema viene después cuando nos preguntamos cómo es posible que año tras año nuestra ciudad colapse a la llegada de las lluvias: desagües desbordados, calles anegadas, ausencia de alcantarillado, casas mal construidas. ¿Le echamos la culpa al ingeniero residente? ¿Han pensado los constructores de casas “techo propio” en las lluvias de Piura? ¿Se puede dar un buen servicio en una clínica pagando –en muchos casos- sueldos mezquinos a las enfermeras? Hay algo que falta y no es la técnica, porque la misma arma que usa el policía para protegernos, la usa el delincuente para robar y matar. Hace falta sabiduría de vida para mirar las cosas en el horizonte de los fines y del  largo plazo; empatía para ponerse en el lugar del paciente que espera ser atendido;  coraje  para protestar e indignarse ante las injusticias; lealtad para permanecer fieles a unos principios y a los amigos.

Esta sabiduría de vida nos viene, en gran parte, de aquellas asignaturas “inútiles” que nos aproximan a la hondura de lo humano y nos permiten ver más allá de lo inmediato.  Nos ayudan a detenernos, a respirar hondo. De ese modo no sólo disfrutamos  y hacemos negocios y contactos en la fiesta, sino que también estamos en condiciones de comprender el sentido de la fiesta. T. S. Eliot (1888-1965) lo dijo con especial lucidez: “¿Dónde está la Vida que hemos perdido viviendo?/ ¿Dónde está la sabiduría que hemos perdido en conocimiento?/ ¿Dónde está el conocimiento que hemos perdido en información?/Los ciclos del Cielo en veinte siglos/nos alejan de Dios y nos acercan al Polvo”. Necesitamos expertos y, también, gente sabia  que nos eleven del polvo y nos acerquen al Cielo.

La formación humanística tiene su lugar en la universidad, pero no es sólo para esa época, es formación continua a lo largo de la vida. Y mientras más se está corriendo de un lado para otro, más necesaria es la buena literatura, la música, las caminatas a la orilla del mar, las puestas del sol, el silencio y el recogimiento, el amor y el perdón, la conversación chispeante acompañado de un café o un trago. Sí, competencias éticas, cultura universal, diversión inteligente: para ellas siempre se está a tiempo.

Piura, 8 de marzo de 2012.

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