En los últimos años se han generado una serie de iniciativas que premian las buenas prácticas tanto del sector público como del privado. Lo cierto es que en las organizaciones hay de todo como en botica, buenas prácticas y malas prácticas. Un ejemplo de éstas últimas la han protagonizado algunas editoriales de libros escolares que para asegurar la venta sobornaban a directores, profesores de centros educativos. No es mi intención entrar en el debate que aún sigue encendido, pero esto me trae a colación otras malas prácticas que restan calidad ética a la buena intención que, probablemente, existe en quien la practica. Me refiero a la acción de hacerse pasar por un usuario, cuando en realidad se es un funcionario en busca de alguna mala práctica sancionable.

Si hay algo que  a los seres humanos nos irrita es ser engañados. Cuando el engaño proviene de un ser  querido la decepción y el dolor son muy grandes. Se rompe la confianza y todos sabemos cuánto cuesta volver a recuperarla. Cuando, además, el que engaña tiene un cargo de mando, a la injusticia de esa mala acción, se sigue en simultáneo la pérdida de la autoridad. ¿Con qué cara, luego, me exigirá a mí una corrección moral que él no ha sabido poner como ejemplo? Sin ir muy lejos, el ámbito de la familia suele ser, a veces, víctima de la corrosión de la mentira.

¿Qué pensaría usted si le ofrezco un trabajo en donde parte de sus funciones consiste en ir a los establecimientos comerciales o de servicios haciéndose pasar por un usuario? En realidad, usted no es un padre de familia que va un colegio a matricular a su hijo, ni un vecino que va a la peluquería a cortarse el pelo, o un consumidor que va a una tienda de compras. Usted se hace pasar por uno de ellos y su intención es  “pescar” al establecimiento en una infracción sustancial o formal, por ejemplo, no entregar facturas o hacer cobros ilegales. En suma, usted para hacer el bien tiene que hacer el mal, representar un papel con ánimo de que le crean, engañar. A partir de aquí todo se distorsiona, porque admitir la licitud de ese engaño significaría afirmar que el fin justifica los medios.

Como uno se descuide estas malas prácticas se propagan como reguero de pólvora y reproducimos en nuestras conductas los engaños que espías y mercenarios practican en las  películas de Hollywood, en donde cada vez es más frecuente, no la lucha entre los malos y los buenos, sino entre malos y perversos. Quiero decir, como jefe no debo deteriorar a mi gente exponiéndola a malas prácticas que deslucen la bondad funcional del resultado. Lo que tengo que hacer es pensar más y buscar los medios idóneos para que la corrección ética esté presente en todo el proceso. Las curvitas inmorales acaban por deteriorar el perfil del servidor, pues utilizar la mentira como práctica es sumamente disolvente en una sociedad.

Si la sabiduría de siglos afirma que todos venimos del polvo y al polvo volveremos, está claro que todos somos igualmente capaces de actos heroicos y de mezquindades. La función pública –James Buchanan, premio de Nobel de economía de 1986, lo demostró con su teoría de la elección pública- no coloca al funcionario por encima del mal.  Y eso significa que usted, siendo como es un honesto funcionario que mira al bien común, no está exonerado de observar en su conducta profesional la sencilla exigencia de hacer el bien y evitar el mal, incluso en el supuesto de que esa mala práctica este permitida en su reglamento de funciones.  Por tanto, un poco más de mesura y recordemos que no es lícito hacer el mal para conseguir el bien.

Piura, 18 de febrero de 2012.

Anuncios