Cuenta Gilbert Chesterton la siguiente parábola. Ante la abundancia de piojos en la niñez de los barrios bajos londinenses, la sanidad oficial decretó que se debería rapar totalmente la cabeza de los niños, entre ellos estaba una niña con una hermosa trenza roja: en lugar de abolir los piojos se dispuso abolir el cabello. Chesterton recuerda que a quien hay que salvar es la niña con su trenza y no a los piojos: “Yo comienzo con el pelo de una niña. Todo lo demás puede ser malo, pero sé que esto, cuando menos, es bueno. Lo que se oponga a ello debe derrumbarse. Si el propietario (de las viviendas), la ley y la ciencia están en contra del pelo de la niña, entonces el propietario, la ley y la ciencia deben derrumbarse. Con el pelo rojo de una chiquilla del arroyo yo incendiaré la civilización moderna: puesto que la niña debe tenerlo largo, debe tenerlo limpio; si debe tenerlo limpio, debe tener casa limpia; debe tener madre libre y descansada, que la peine aun cuando para ello sea necesaria una revolución. Nadie mutilará ni tocará a esa chiquilla; no se le cortará el pelo como a un presidario. Las columnas de la sociedad se estremecerán… y a la niña no se le tocará ni un cabello de su cabeza”.

He pensado muchas veces en esta magnífica defensa que Chesterton hace del valor de las personas, de la vida y del sentido común por encima de los sistemas. No quiero decir que debamos prescindir de los manuales de funciones o de sanciones, quiero decir que los procesos y sus protocolos han de estar al servicio de la persona. En este sentido, si al entrar a una casa, la puerta le corta la cabeza al inquilino, no se me ocurre pensar que al sujeto le sobraba la cabeza, sino que la casa está mal diseñada. La medida es la persona y no el manual.

Estas reflexiones me vienen a la mente cuando me choco con las telarañas burocráticas que paralizan el libre fluir de la vida. Hombres y mujeres detrás de un escritorio, en el sector público o privado, convirtiendo en estatuas de sal todo lo que tocan. La burocracia y sus procesos en cantidades adecuadas son benéficos, crean rutinas ordenadoras, estandarizan trámites. El problema está cuando los reglamentos cobran vida propia, al punto de deshumanizar las relaciones humanas: colas, ventanillas, sellos, firmas, notificaciones, copias. Expedientes interminables, innumerables horas de trabajo y, en muchos casos, tiempo perdido para todos. El padre de este monstruo llamado Leviatán fue Hobbes. Una maquinaria que garantiza la seguridad. Un sistema de normas que premia y castiga, amarra y desata. Pero como le pasa a todo mastodonte, tiene escasa cintura para atender a la niña de la trenza roja atrapada en el laberinto de sus jueces.

Como Chesterton, comienzo con el pelo de la niña y en lugar de Hobbes escojo al viejo Aristóteles con sus comunidades de prácticas, cuna de la virtud y de la vida buena. Recojo todos los reglamentos y reduzco sus decenas o centenas de páginas a un solo artículo: haz el bien y evita el mal. Es decir, prudencia, confianza, sencillez, buen juicio, tino, firmeza, valentía, calor humano, empatía. Puestos a invertir, no dudo; el mejor tiempo de papá y mamá, del jefe o del superior no está en mejorar los sistemas de control, sino en mejorarse y en mejorar a los suyos para que sean mejores profesionales y mejores personas.

Piura, 27 de enero de 2012

Anuncios