El paisaje serrano siempre me ha entusiasmado. El olor a tierra mojada cuando llueve, el frío que lleva al abrigo, la vegetación generosa y las subidas y bajadas del camino son recuerdos que conservo desde la niñez. Así que estando ya en Guayaquil, junto a otros amigos, hicimos el viaje a Cuenca, la ciudad atravesada por cuatro ríos a cuyas orillas, cubiertas de yerba vistosa, chicos y grandes toman el sol en escenas que recuerdan a esos cuadros colgados en las casas, de pastores y damas retozando en el campo.

Son doscientos kilómetros los que hay recorrer de Guayaquil a Cuenca. La carretera es nueva, toda de concreto armado. El paisaje llena los ojos. A ambos lados, verde y  más verde. En muchos tramos la neblina se hace espesa. No es un viaje de un solo tirón. A mitad de camino aparecen los restaurantes de ruta. Café caliente, jugo y todo lo que haga falta al paladar, acompañado de una llovizna persistente. Seguimos la ruta, el carro hace su trabajo y subimos hasta los 4100 metros. Al poco rato se avizora el Parque Nacional de El Cajas. Nueva parada obligada, esta vez para visitar el Santuario de Nuestra Señora de la Fe. Un paraje en donde -se dice- apareció la Virgen en 1987. Lugar de peregrinación,  de singular belleza, en donde el cielo se acerca a la tierra.

Llegamos a Cuenca. Desde el mirador Turi, la vista es fascinante. Se ve  la ciudad extendida sobre un valle amplio. Los techos de tejas naranja relucen limpios y sanos. No en vano Cuenca es famosa, también, por la calidad de sus artesanos que trabajan la cerámica. Destreza con la tierra de la que se hacen ladrillos y tejas, como con la finísima cerámica que se puede apreciar, por ejemplo, en la Galería Vegas. Colores vivos con motivos primorosamente diseñados. Hacía tiempo que no veía una cerámica tan bien trabajada. Me recordó aquella otra cerámica de Niní Villanueva quien, en su taller de San Isidro (Lima) recreó con maestría muchas de las imágenes de Huamán Poma.

El centro histórico de la ciudad tiene bien ganado el título de Patrimonio de la Humanidad. Si ya somos testigos de lo bien cuidados que están los pequeños poblados ecuatorianos colindantes con nuestra frontera (Macará, por ejemplo), en Cuenca este cuidado se multiplica. Su arquitectura colonial y republicana es sobria y elegante, como lo demuestran el Convento de Santo Domingo y la Nueva Catedral. Incluso, las zonas nuevas de pequeños edificios están diseñados en diálogo con el paisaje. Se nota no sólo el trabajo de los ingenieros civiles, sino también el de los arquitectos. Hay proporción, buen gusto. Lo antiguo y lo nuevo han aprendido a convivir.

Rumor de aguas, de los ríos y del cielo, que corre alegre y limpia. Todo un espectáculo de vida. Los malecones invitan a caminar, los árboles llaman al descanso. Cada cierto tramo, un puente y otro y cada cual con su propia personalidad. Chabuca Granda podría haber compuesto canciones a más de un puentecito dormido. Todo pide una foto y, después de tan intenso trajinar, finalmente, una buena mesa para almorzar. No puede faltar el “mote pillo”, acompañado de una tortilla de Llapingacho para empezar. ¡Qué bien se está en Cuenca!, ejemplo para el mundo y ejemplo para nosotros.

Guayaquil, 14 de enero de 2012

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