Uno de los caballitos de batalla del actual gobierno de Gana Perú fue la lucha frontal a la corrupción. El mismo Vargas Llosa se las jugó por Humala en el entendido de que la corrupción probada estaba del lado de Fujimori y la esperanza de la integridad moral, así como de la democracia limpia, estaba  en el primero. No ha pasado mucho tiempo desde la juramentación en julio y las noticias llueven día a día con nuevos casos de posibles corrupciones, investigaciones judiciales, de quiénes se presentaron como voceros intachables que pondrían fin a los corruptos. El más clamoroso es del segundo vicepresidente de la República Omar Chehade, acusado de tráfico de influencias en el caso de Andahuasi. El mismo que en plena campaña electoral pedía para Alberto Fujimori el traslado a una prisión sin privilegios.

Cuando se formó –el pasado 14 de septiembre- la mega comisión investigadora  para examinar las irregularidades del gobierno de Alan García votaron 110 congresistas a favor. Sólo hubo 2 abstenciones y 0 votos en contra. Votaron a favor los doce congresistas con procesos penales en giro. Los accesitarios tampoco están mejor parados, un gran porcentaje de ellos están, igualmente, bajo sospecha e investigación judicial. Entre unos y otros cubren el espectro de delitos tipificados por el código penal: falsa declaración en procesos, mentiras genéricas, difamación, abuso de autoridad, lavado de activos, delitos ambientales, homicidio calificado, falsedad ideológica, mentiras en las hojas de vida, sin descartar, el robo de señal de cable o el tráfico de pepitas de oro, etc.

Estos son nuestros justicieros del bien con la suficiente cara dura para mirar la paja o la viga en el ojo ajeno y para ocultar el rabo de paja que pasean por los pasillos de los juzgados penales. Como están las cosas pareciera que se ha llegado a un empate técnico: los que investigan no son mejores que los investigados. Dicho de otro modo, el investigado por cualquier comisión, ante el dedo inquisidor de nuestros congresistas justicieros que lo señala como corrupto, bien le puede decir: “soy corrupto; tú, también”. Las mismas últimas palabras que Julio César pronunció mientras moría en manos de los conspiradores, piloteados por su hijo Bruto: ¿Tu quoque, Brute, fili mi? (¿Tú también, Bruto, hijo mío?).

¿Qué hacemos? Llorar sobre leche derramada no parece ser muy constructivo. Me viene  a la mente la ejemplar modestia intelectual de Karl Popper (1902-1994), uno de los grandes filósofos de la ciencia del siglo XX. Un incansable buscador de la verdad, amante de la paz, del diálogo. Se movía como pez en el agua en sociedades abiertas, evitaba las sociedades cerradas. Decía él que el racionalismo crítico que propugnaba era un actitud en la que predomina la disposición a escuchar argumentos críticos  y a aprender de la experiencia. Consiste en admitir  que “yo puedo estar equivocado y tú puedes tener razón y, con esfuerzo,  podemos acercarnos los dos a la verdad”. Un acercamiento amable a la verdad, con la humildad del que sabe que puede equivocarse, siempre respetuoso de la dignidad ajena.

Nuestros congresistas (unos más que otros) quizá requieran de un baño de modestia. No están por encima del bien ni más allá del mal. No lo están ellos y, tampoco, nosotros, los ciudadanos de a pie. Estamos hechos de la misma pasta (o del mismo barro, en frase bíblica). Así que, menos gritos, menos sonidos de trompeta porque no son, precisamente, las vírgenes del sol, en ofrenda a los dioses por las maldades de los hombres.  Todos somos arrieros y en el camino nos encontramos.

Piura, 23 de octubre de 2011

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