En más de una oportunidad nos hemos encontrado con amigos en reuniones sociales y ante el espectáculo de lo bien que lo están pasando nos sale la expresión, ¡qué buena vida, salud! Buena vida, ciertamente, que se quedaría desangelada sin la contraparte de la “vida buena” aristotélica, centrada en la práctica de las virtudes que llevan el orden y la medida a las parrilladas y a las mesas de bar. No pretendo contraponer la una a la otra. Por el contrario, no veo por qué la buena vida tenga que ser obstáculo para la vida buena; y al revés, la práctica de las virtudes no tiene que estar reñida con la buena mesa, la tertulia alegre, el buen cine, el café del mediodía o la cerveza bien helada después de un buen partido de futbol.

Cuando pienso en la buena vida me fijo en la capacidad humana de saber disfrutar de la vida en su variedad de sabores, olores, colores, tersuras. La fiesta gastronómica  internacional de Lima Mixtura 2011 es una muestra de la buena mesa, una versión terrena que nos recuerda a los seres humanos que el Mundo es bueno. No en vano Dios –nos lo cuenta el Génesis- en los inicios de la Creación, después de cada día contemplaba su obra y la aprobaba con un ¡qué bueno! La visión cristiana de la vida nos lleva a apreciar el buen ceviche, el majado de yuca, el sudado de mero o el pulpito a la plancha. Y ni que decir de los extraordinarios postres peruanos tan llenos de dulzura, con ese punto de azúcar que se echa en falta en la pastelería ibérica, y que nos ha merecido a los peruanos la fama de dulceros.

Ejemplo de buen vividor, buen escritor y buen periodista fue G. K. Chesterton (1874-1936). Inteligente, inmenso en humanidad, agudo en sus expresiones, alegre, de un sentido común aplastante. Agnóstico, primero; anglicano, después y, finalmente, católico. En uno de sus viajes a Estados Unidos en plena época de la ley seca (prohibición de la comercialización del whisky), un  periodista le preguntó con sus segundas -pues sabía de la afición de nuestro personaje por el whisky- qué opinaba de las bebidas alcohólicas teniendo en cuenta su reciente conversión al catolicismo. Chesterton respondió que dado que Jesucristo había consagrado el vino y no el agua, él seguía manteniendo sus preferencias por el vino y por el resto de las bebidas espirituosas. Comer o beber es, pues, una cuestión de medida y es la virtud de la templanza la que pone al placer al servicio del ser humano en su integridad. Por eso me parece que esa prohibición legal aplicada por la  SUNAT de no considerar la cerveza o el vino como gasto deducible del almuerzo de de negocios es de un puritanismo exagerado, propio de un Estado espartano en donde nunca habría un festival gastronómico. Lo cierto es que la virtud es la sobriedad: el justo medio entre el vicio por defecto (el borracho) y el vicio por exceso (el abstemio).

Y a la mesa, le sigue la sobremesa. Unos buenos contertulios y ya tenemos la fiesta organizada. Es el ámbito de los amigos en donde se cultivan las relaciones interpersonales. Pensamos y preparamos el escenario, con no más de cinco soles (exagero un poco). Espacios de soledad acompañada. Hay gente que sabe conversar, tiene tema, sabe captar el interés, pica la curiosidad. Unas veces se habla de asuntos sencillos; otras veces, de materias más ilustradas. Es vida de la inteligencia, coincidimos en intereses, gustamos de la misma música, exultamos en comunidades de prácticas propias del mundo de la vida. Y si lo pasamos bien entre los nuestros es porque, también, aprendemos a ensanchar el corazón, pensando en qué podemos hacer para agradar al otro. Festejamos la ocurrencia y agradecemos, asimismo, el silencio para guardar tantas querencias en el corazón. Saber comer, saber beber, saber conversar no lo es todo en la vida, pero es -sin duda- parte de la buena vida.

Piura, 1 de octubre de 2011

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