Sigo con la novela El sueño del celta. Roger Casement no es uno sino muchos. Su experiencia en el Congo belga, como cónsul británico fue traumática. Allí, -en medio de injusticias y violencia-, vio el lado feo del colonialismo y empezó a sentirse irlandés, “es decir, ciudadano de un país ocupado y explotado por un imperio que había desangrado y desalmado a Irlanda”. Su gran sueño, desde entonces, será ver libre a su nación del dominio inglés. Su gran error, aliarse con los alemanes en la Segunda Guerra Mundial conspirando contra los ingleses, pensando que de ese modo liberaría a su pueblo. Y de ser un héroe pasa a ser un villano, encarcelado y ejecutado como traidor. Pero lo que más me ha llamado la atención de este personaje es su perfil religioso en el que Vargas Llosa se detiene largamente en pasajes tensos y con un conocimiento fino del catolicismo al que arriba Casement.

Apenas cincuenta años de intensas vivencias. Junto a los momentos de gloria e inspiración, están, igualmente, las etapas de pesadumbre. En sus agendas y cuadernos  deja escrito sus aventuras de tendencia homosexual, en parte reales y en parte inventadas: “las tentaciones pasaron a ser parte de su vida, a revolucionarla, a llenarla de secretos, angustia, temor, pero también de sobresaltados momentos de placer. Y de remordimientos y amarguras, por supuesto. ¿Haría Dios en el momento supremo las sumas y las restas? ¿Lo perdonaría? ¿Lo castigaría?”.

“No era un ateo, ni un agnóstico. No negaba la existencia de Dios, pero era incapaz de sentirse cómodo en el seno de una Iglesia”. Su madre lo bautizó a ocultas de su padre. Se crió como anglicano y los años no hacían sino acercarlo a la Iglesia católica. El encuentro con el padre Carey, ya estando en prisión, fue el tramo decisorio. El padre Carey era considerado, atento “y jamás le dijo algo que pudiera herirlo; por el contrario, a la hora de hacerle preguntas o conversar con él su delicadeza era extrema. Él le decía una vez más que no debía hablar de “conversión” pues, habiendo sido bautizado de niño, nunca se había apartado de la Iglesia. El acto sería una reactualización de su condición de católico, algo que no necesitaba trámite formal alguno”.

De todas las novelas escritas por Vargas Llosa sólo en ésta la experiencia religiosa ocupa un espacio importante en la narración. Un tema que no es ajeno al Premio Nobel, no por lo menos en los últimos años. Lo más reciente es el artículo que ha escrito en “El País”, elogiando la JMJ de Madrid. Muestra su admiración por Juan Pablo II y Benedicto XVI, de quien dice que lee sus escritos sin bostezar, a gusto. Para quienes quisieran tener un mundo sin religión, Vargas Llosa responde que “la cultura no ha podido reemplazar a la religión ni podrá hacerlo, salvo para pequeñas minorías, marginales al gran público. La mayoría de seres humanos solo encuentra aquellas respuestas, o, por lo menos, la sensación de que existe un orden superior del que forma parte y que da sentido y sosiego a su existencia, a través de una trascendencia que ni la filosofía, ni la literatura, ni la ciencia, han conseguido justificar racionalmente.” Y me pregunto, ¿cuánto de Vargas Llosa hay en Roger Casement en este aspecto?

Volvamos a la novela. La escena final es conmovedora: “el padre Carey escucha la confesión de Roger Casement. El sacerdote se sentó a la orilla de la cama y Roger permaneció de rodillas al principio de su larga, larguísima enumeración de sus reales o presuntos pecados. Cuando estalló su primer llanto, pese a los esfuerzos que hacía por contenerse, el padre Carey lo hizo sentarse a su lado. Así prosiguió esa ceremonia final en la que, mientras hablaba, explicaba, recordaba, preguntaba, Roger sentía que, en efecto, se iba acercando más y más a su madre”. Todo retorno a la fe tiene algo de abrazo de madre.

Piura, 16 de septiembre de 2011.

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