Leí la novela “El sueño del celta” de Mario Vargas Llosa ni bien salir a la venta y, desde entonces, le he dado vueltas al tema y al personaje. Roger Casement, cónsul británico, es testigo de las luces y sombras que se generan alrededor de la explotación del caucho en el Congo y en la selva peruana del Putumayo. Es una extensa narración, mezcla de crónica y ficción, de la que emergen las reflexiones de un Vargas Llosa maduro, centrado más en los entresijos de la fascinante personalidad de Casement que en la criptografía del poder. Como novela, prefiero “La fiesta del Chivo” a esta última, en la que encuentro que la abundancia de  “datos” (history) asfixian a la novela (story).

Roger Casement “decidió en 1884 dejar Europa y venir al África a trabajar para, mediante el comercio, el cristianismo y las instituciones sociales y políticas de Occidente, emancipar a los africanos del atraso, la enfermedad y la ignorancia”. Muy poco tiempo le hizo falta para darse cuenta de que las intenciones quedaban más grandes que los hechos. “¿La aventura europea del África era acaso lo que se decía, lo que se escribía, lo que se creía? ¿Traía la civilización, el progreso, la modernidad mediante el libre comercio y la evangelización? ¿Podía llamarse civilizadores a esas bestias de la Force Publique que robaban todo lo que podían en las expediciones punitivas? Sin embargo, por lo menos en la teoría, aquello de la “civilización” tenía mucho de cierto. ¿No eran atroces las condiciones de vida de los nativos? ¿Sus niveles de higiene, sus supersticiones, su ignorancia de las más básicas nociones de salud, no hacían que murieran como moscas? ¿No era trágica su vida de mera supervivencia?”.

El bien y el mal de la condición humana lo invade todo y a todos. “Lo peor –dice uno de los personajes de la novela- no ha sido la selva, el clima este tan malsano, las fiebres que me tuvieron en una semiinconsciencia cerca de dos semanas –se quejó el polaco-. Ni siquiera la espantosa disentería que me tuvo cagando sangre cinco días seguidos. Lo peor, lo peor, Casement, fue ser testigo de las cosas horribles que ocurren a diario en ese maldito país. Que cometen los demonios negros y los demonios blancos, a donde uno vuelva los ojos”.

Barbarie y civilización, he allí el tema de la novela, una materia recurrente sobre la que los seres humanos volvemos una y otra vez tratando de comprender el por qué de las guerras, de la explotación de unos sobre otros, del sufrimiento de los inocentes, del genocidio y la prepotencia. Ya antes,  Joseph Conrad, en “El corazón de las tienieblas (1902)” había explorado la oscuridad del corazón humano en el mismo escenario del Congo. Y Francis Ford Coppola llevará al cine el argumento en la película “Apocalypse Now (1979), esta vez alrededor de la guerra del Vietnam.

En las aventuras humanas hay héroes y villanos, del mismo modo que en las biografías personales se mezclan la grandeza de ánimo con la mezquindad del corazón. Y ahí vamos día tras día, siglo tras siglos, tratando de sacar el mejor Juan que albergamos. ¿Hay en esta última novela del Premio Nobel un repudio a la llamada labor civilizadora de Occidente? No, hay una crítica –propio del mismo talante occidental- a esa labor, pero no un rechazo. “Hechas las sumas y las restas –escribió en otra momento Vargas Llosa-, la cultura occidental tiene muchas cosas preciosas por las que vale la pena hacer un sacrificio”.

Roger Casement empieza sabiéndose británico y termina convirtiéndose en un revolucionario irlandés independentista y así muere. Un personaje que no es “uno”, sino “muchos” -en acertada cita de Rodó- y de esas personalidades sucesivas quisiera escribir en mi siguiente artículo.

Piura, 8 de septiembre de 2011.

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