Este segundo semestre del año con Presidente, gabinete de ministros y congresistas nuevos (o remozados) presenta una particular complejidad. Hay todavía mucha neblina y no se ve cielo despejado. Esperamos que en las semanas siguientes el panorama político, económico y socio-cultural se vaya aclarando a fin de que el país vuelva a tomar el paso ágil al que estábamos acostumbrados. Como los mensajes de los portavoces del gobierno no acaban de ser claros, cada cierto tiempo aparecen declaraciones para tranquilizar a los electores como, por ejemplo, la del canciller Rafael Roncagliolo quien, a raíz de unas críticas del presidente Correa del Ecuador sobre la prensa peruana, ha reiterado el compromiso del gobierno de respetar la libertad de prensa y de expresión. Declaraciones necesarias, por otro lado, motivadas por la mala señal del Congreso de sancionar a Martha Chávez en sesión reservada.

Con un punto de  dramatismo, el gran Walter Lippmann (1889-1974), un clásico del saber y hacer periodismo, decía que la crisis de la democracia occidental es una crisis de su periodismo. Y lo decía en los años veinte del siglo pasado (“Libertad y prensa”, Madrid 2011; primera edición de 1920), cuando el periodismo profesional recién se estaba incubando, pero ya se mostraban los rasgos de la  “gran sociedad” en toda su complejidad. Una sociedad que por la variedad de factores y actores que la componen, difícilmente se haría comprensible sin la mediación de los medios de comunicación: prescindir de ellos, cortar la legítima pluralidad de principios y líneas editoriales o, simplemente, maniatarlos, es apagar la vida de los hombres y mujeres libres que viven en democracia.

El periodismo serio nunca ha pedido privilegios por encima de la honestidad y sabe cumplir con su oficio con la modestia del testigo y no con la posición del juez, para eso ya está el poder judicial. De ahí que Lippmann sostuviera que los periodistas “avanzaremos cuando hayamos aprendido algo de humildad; cuando hayamos aprendido a buscar la verdad, a descubrirla y a publicarla; cuando nos ocupemos más de estas cosas que de la prerrogativa de polemizar sobre meras ideas en medio de una niebla de incertidumbre”. Lippmann era consciente de que la vieja regla que distinguía noticias de opiniones marcando  distancia entre unas y otras no era ya sostenible en una sociedad compleja y plural. Cada línea, cada titular, por más modesto que sea, exige del periodista una labor seria de investigación, porque “publicar únicamente los hechos de lo que hubiera podido ocurrir, y quién dijo qué cosa, serían noticias sueltas cual piezas de un rompecabezas arrojadas al azar sobre la mesa. Las piezas desorganizadas de las informaciones en bruto no conformarían para nada un cuadro”.

A la prensa le podemos exigir honestidad, pero no uniformidad y mucho menos guantes de seda para informar u opinar sobre los actos y actores gubernamentales. La pluralidad es sana en una democracia y esa es la realidad de nuestro tiempo: un Parlamento y electorado fragmentado que requiere de mucho esfuerzo para articularlo en un proyecto común. Le hace bien al gobierno y a la sociedad contar con “coberturas informativas diversas y concurrentes,  comentarios editoriales que rivalicen entre sí, así como del fórum en el que los portavoces de las distintas corrientes de opinión puedan manifestar sus puntos de vista”. Únicamente la mentalidad totalitaria -continúa diciendo Lippmann-  piensa que existe tan sólo una única  imagen. Las distintas formas de totalitarismo, pese a que entre sí puedan diferir ardorosamente, tiene esto en común. Cada una de ellas mantiene que posee la clave y el sentido de la historia, que conoce el esquema último de las cosas y que todo lo que ocurre ha sido previsto y cabe explicarlo a través de su doctrina”. Mal negocio para la democracia cuando se sacrifica la prensa libre ante las abstracciones de la “patria nueva” o del  “socialismo del siglo XXI”. Pánico cuando el Estado utiliza su maquinaria para acallar las opiniones discrepantes.

Piura, 19 de agosto de 2011.

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