Tener fe, creer en Dios, participar en la liturgia cristiana, rezar, acudir a la intercesión de los santos para pedir milagros, vivir la caridad con los más necesitados son acciones que manifiestan, con sencillez y naturalidad, la radical condición religiosa de los seres humanos. Las más de las veces son expresiones que se desgranan en el suceder ordinario de los afanes diarios. Y hay, también, tiempos y espacios para expresiones públicas como son las peregrinaciones a la Virgen de la Merced, al Cautivo de Ayabaca, a la Cruz de Chalpón o la multitudinaria Jornada Mundial de la Juventud que congregará del 16 al 21 de agosto a cientos de miles de jóvenes en Madrid para escuchar al Santo Padre en jornadas de intensa vivencia cristiana.

La religión goza de buena salud. Dios está en la intimidad del hogar y en el espacio público. El ambiente intelectual -sin desconocer las posturas agnósticas y abiertamente ateas-, asimismo, se abre al diálogo sereno entre razón y fe, encontrando convergencias y mutuas sinergias. Para muestra un botón: los escaparates de las librerías. Se lee mucha ficción aquí y allá (España, por ejemplo). Pero también abundan los buenos ensayos. Falta tiempo y dinero para tenerlos todos a mano. Me fijé en títulos que me resultaron especialmente atractivos, por el tema y sus autores: René Girard y Gianni Vattimo. “¿Verdad o fe débil? Diálogo sobre cristianismo y relativismo” (Barcelona, 2011); Jurgen Habermas y Charles Taylor. “El poder de la religión en la esfera pública” (Madrid, 2011) y Luc Ferry. “La tentación del cristianismo. De secta a civilización” (Madrid, 2010). Todos ellos reconocidos intelectuales para quienes la religión es motivo de reflexión en tiempo presente y con miras al futuro. No es pasado, ni mucho menos mirada de anticuarios.

Me resultó especialmente atractivo el libro de Luc Ferry. Hacía tiempo que deseaba leerlo en su tinta. Es un intelectual francés de renombre: ensayista, filósofo, ministro de Educación (2002-2004), miembro del comité de ética en el gobierno de Sarkozy. Recientemente, fue invitado a disertar en el Atrio de los Gentiles, una iniciativa promovida por Benedicto XVI, cuyo fin es propiciar el diálogo entre intelectuales creyentes y no creyentes sobre las cuestiones abiertas a la fe y a la razón. El título del libro, como se ve, es provocador. Ferry desarrolla su argumento con gracia y sencillez. Señala que el cristianismo supone, en la cultura griega, una triple ruptura teórica, ética y soteriológica. A diferencia del pensamiento aristocrático griego, el cristianismo entiende que lo importante no es lo recibido sino lo que uno hace con esos talentos. Pero lo más determinante es la resurrección de la carne, la posibilidad de volver a encontrarse con los seres amados. Sobre este último tema, Ferry hace una defensa ponderada del valor de la carne y el eros en el cristianismo, saliendo al paso de críticas superfluas que repiten viejos tópicos desenfocados. Hay que agregar que el análisis que hace del tránsito de la mitología a la filosofía griega resuma agudeza y finura intelectual. Dirá que ésta última se apropia de los dos grandes mensajes de la mitología: el mundo es un cosmos y el hombre debe aceptar la muerte para ocupar el lugar que le corresponde.

¿Libro de un creyente para creyentes? No precisamente. Ferry dice: “yo no soy creyente, pero siempre digo que, de todos los libros, si hay que elegir alguno, como suele decirse, para una isla desierta, me llevaría sin dudarlo el Evangelio de San Juan. Lo único que me falta es la fe”. Se ha quedado en el umbral de la fe. Lucidez no le falta. Echa mano de la historia y la filosofía para reconocer la excelencia de la religión cristiana, semilla de civilizaciones. Ha recorrido, como tantos, los caminos de los preámbulos de la fe y pienso que quizá sea el caso de algunos de los jóvenes que van a la jornada de Madrid: quiera Dios que el Espíritu sople y anime a muchos a cruzar ese umbral.

Piura, 14 de agosto de 2011.

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