Haya de la Torre muere un dos de agosto, pocos días después de firmar la Constitución Política del Perú de 1979. Fue enterrado en Trujillo. Sobre su tumba descansa una gran roca con la inscripción “aquí yace la luz”. Al año siguiente, el poeta trujillano Marco Antonio Corcuera escribe un largo poema en homenaje al fundador del Partido Aprista, cuyos últimos versos sellan con primor la tumba del amigo y maestro: “Sin que mano labrara sus aristas/ desgaje de los Andes te acompaña;/ cual nervadura de una estalactita,/ un espino mochica hace la guardia./ ¡Árbol y piedra, sobre tierra parda!

Terreno difícil el de la poesía sobre política y políticos que don Marco Antonio consigue sortear con la misma frescura con la que canta al campo, al arado, a la vida cotidiana desde las alturas de Contumazá, su lugar de nacimiento; al llano de la eterna primavera trujillana en donde vivió. La Fundación que lleva su nombre ha tenido la feliz iniciativa de publicar este año un nuevo poemario, “Estrella de cinco puntas”, junto con la reedición del anterior, “La Luz incorporada”. La estrella aprista toma nombre en cada uno de sus brazos: Haya de la Torre, Manuel Seoane (el “Cachorro”), Carlos Manuel Cox, Antenor Orrego y Manuel Arévalo. Nombres de la historia del Perú, comprometidos en el destino del país y que para el poeta son “cinco corazones grandes,/ montañas de nuestros Andes/ y surcos con cuya huella/ entabló el pueblo querella/ para poder combatir;/ hombres en cuyo vivir/ se ha detenido la historia/ para brotar como noria/ que no deja de surtir”.

¿Poesía pura, poesía impura? Se pregunta don Marco Antonio en uno de sus ensayos. Y responde, “simplemente poesía”. La poesía cuando es forma bella, es… poesía, lo de pura o impura le sobran. En los poemas de don Marco Antonio hay agradecimiento, admiración, ilusión. No es ideología disfrazada de poema, no hay puños amenazadores, ni rencor. Son versos, unas veces, delicados; otras, ardorosos; siempre, bellos. Dice: “Recuerdo a Carlos Manuel,/ hombre entero y sin dobleces,/ a quien yo vi tantas veces,/ como el personaje aquel/ que tan parecido a él,/ (heroica gesta francesa),/ levantada la cabeza,/ el gesto franco y sincero,/ en la trinchera el primero/ y el primero en la nobleza”.

He conocido políticos y artistas del linaje de don Marco Antonio, de aquellos en los que el compromiso y el arte alcanzan feliz matrimonio. Artistas que saben ver la belleza allí donde se encuentre: en la sencillez de una flor silvestre, en la sonrisa del niño, en la mirada enamorada de mujer, en la biografía heroica del santo, en la vida común de la gente común. Sensibilidad de artista como cuando don Marco Antonio se dirige a Antenor Orrego: “Me parece que lo veo/ pensativo y silencioso,/ ensimismado en su gozo/ espiritual de recreo, /enseñando el silabeo/ de lo que es la poesía./ Él mezclaba la armonía/ con la esencia de las cosas,/ el perfume de las rosas/ con la savia que tenía”.

Don Marco Antonio, generación de peruanos con sueños y compromisos, a quiénes los meros resultados no les bastan si además no hay un proyecto que pueda compartirse. Esa mezcla de ideal, interés por el prójimo, amor a la patria; alma erguida y mirada puesta en las alturas que nos devuelven la fe en la política. Celebro la aparición de este poemario que en cada verso nos descubre el alma de sus compañeros y amigos, con la gentileza del caballero y el arte del poeta. Francisco Piura, 5 de agosto de 2011.

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