La semana pasada se llevó a cabo el curso de verano “Diferencia y discriminación: repensar la igualdad” en la ciudad de Ginebra, organizada por la Universidad de la Rioja (España) y el Colegio Universitario Henry Dunant (Suiza). Y si Rafael –el cantante español- decía cuando le cantaba a Acapulco que allí todo le hablaba de amor, en Ginebra todo habla de derechos humanos, orden y, claro, exactitud suiza.

Las sedes escogidas para el curso no podían ser más emblemáticas: la UNESCO, el Palacio de las Naciones, la OIT, el complejo Martin Luther King, un municipio francés. En los paneles en los que intervine tenía a mi lado profesores españoles, una representante de ONG de afrodescendientes, un profesor de la Universidad de Bérgamo, una representante del Alto Comisionado para los derechos humanos. Todo en español y, en caso de duda, en inglés, aún cuando el idioma al uso era el francés. Sin mayor esfuerzo, pude encontrarme con peruanos y latinoamericanos, unos expertos y otros funcionarios, con años de residencia en Ginebra. En los intermedios no faltaban los intercambios de señas. Los participantes eran, en su mayoría, alumnos universitarios españoles y latinos, todos interesados en la letra y el espíritu de los derechos humanos.

El edificio de las Naciones Unidas estaba lleno de vida. Nada tiene pierde. Todo está cuajado de símbolos y estampado de nombres que han hecho la historia del siglo XX. Desde el comedor de los delegados, en el último piso, se tiene una vista completa del conjunto y de la ciudad. Se ve armonía y limpieza. Espacios generosos, árboles altos y frondosos –educados, diría- y jardines en los que se puede caminar, con bancas que invitan al descanso y a la conversación distendida. El paisaje y la arquitectura es sobria, propio de la cultura calvinista de la ciudad. No hay ruidos estridentes, todo es corrección. Mientras me hacía una idea de la ciudad, se me ocurría que una buena canción del Zambo Cavero hubiera despeinado a más de un ginebrino.

En una de las tardes pude dar una buena caminata en los alrededores del lago Lemán, desembocadura del río Ródano, en cuyo alrededor se alza la ciudad. Mi francés se reducía al “S’il vous plaît” y al “merci beaucoup”. Empecé en la Basílica de Notre Dame (católica). Bastante gente de todas la edades y colores en Misa. Me sentí en casa. El malecón, a lo largo del lago, irradiaba tranquilidad. Familias volcadas en la calle, chicas y chicos en corrillos alrededor de las mesas. Pequeños negocios ofreciendo chocolates, navajas y relojes “suizos”. Deportistas en bicicleta o haciendo footing y una vista preciosa del lago: botes y lanchas con turistas; al fondo, el famoso chorro de agua –orgullo de la ciudad- y todo de un azul de película. Pensaba que, mucho antes, Juan Jacobo Rousseau, Juan Calvino y San Francisco de Sales ya habían hecho este mismo recorrido.

Ginebra siente la crisis económica, pero no en las dimensiones de la Unión Europea y las noticias de la semana pasada no han sido alentadoras: Grecia al borde de la insolvencia, Italia con un duro plan de recorte del gasto que incluye el copago en la asistencia médica, España a un paso de la intervención por su elevado nivel de deuda. Y en medio de este oleaje, Alemania haciéndose la difícil –y con razón- para fijar la agenda de la cumbre de mandatarios europeos que se avecina. El contrasta es notorio: Ginebra, serena y tranquila y sus vecinos europeos en aprietos, con un Estado de bienestar que luce muy desmejorado. Navajas, hay; falta el pan para rebanar. Francisco Bobadilla Rodríguez Zaragoza, 15 de julio de 2011.

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