Rafael Gómez Pérez es uno de los primeros autores con los que me encontré en los inicios de mi vida universitaria. Leí “Represión y libertad” con mucho provecho y, desde entonces, continué leyendo algunos de sus muchos libros (ha escrito más de noventa) que se mueven en todos los campos de las Humanidades: política, educación, derecho, sociología, ética, filosofía, antropología cultural, literatura. ¿Dispersión? No, intereses amplios, inquietudes de un buscador insaciable de las claves para entender el mundo, al igual que uno de sus más ilustres favoritos, San Agustín.

Acompañado de un amigo común que me facilitó la entrevista lo visité en el viejo Madrid al lado de Plaza Mayor. “¿Qué te trae por acá, me preguntó?” Le dije de frente: conocerlo y le hablé de mis lecturas de sus libros. Estando tan cerca a la acampada de los “indignados” en la Plaza del Sol, empezamos hablando de ellos. Rafael es un gran conocedor de la revolución estudiantil de Mayo del 68, sobre la cual escribió en su momento, y le parece que lo de ahora no es de la talla del movimiento francés de entonces. Saltamos a la primavera árabe, a la situación económica y política de Europa y nos detuvimos en Argentina y Perú, de cuyos avatares estaba bien informado.

Yo iba de sorpresa en sorpresa, pues cuando le pregunté por su libro preferido entre los publicados, me dijo: “Huelva, lejana y rosa”. Un libro con sus recuerdos de infancia de este pueblo andaluz. Lo ojeé, tenía ilustraciones hechas por un artista, amigo suyo. Cada cierto tramo, alguna poesía. “Y aún tengo más poemas inéditos que algún día quizá publique. En realidad –continuó diciendo- el libro en el que he puesto más cabeza, aún no está publicado, es uno sobre el tiempo. Y me parece que el tiempo es el hilo conductor de todo lo que he escrito, desde mi tesis inicial sobre la ley eterna en San Agustín hasta el último sobre cómo reconstruir la creencia en un mundo secularizado”.

Me vino a la mente aquel libro de ese otro agustiniano que fue Víctor Andrés Belaunde, “Inquietud, serenidad, plenitud” y pensé que ambos hubieran hecho buenas migas. Conversamos de San Agustín y me hizo notar la magnífica definición que el santo hace del pueblo en su libro “La ciudad de Dios”: congregación de muchos unidos entre sí con la comunión y concordia de las cosas que ama, tanto mejor cuanto la concordia fuese de cosas mejores, y tanto peor cuanto peores”. El amor en el hogar se entiende, pero el amor en la ciudad, en el país… Le doy vueltas a la idea y no deja de ser fascinante. Un pueblo unido no sólo por intereses, sino por las cosas mejores que ama. Y diría, un Perú a puertas de cambio político, necesitado de reconciliación, para cuyo efecto requeriremos de un corazón grande que ponga en juego a sus genios y deje atrás sus demonios.

Pasamos a las lecturas esenciales y repasamos su “Memoria del futuro, veintiún clásicos para siglo XXI”: Homero, Sófocles, Platón, Virgilio, San Agustín, Dante, Shakespeare, Cervantes, Calderón, Pascal, Goethe, Dickens… La tarde cae (cae bien tarde en estas latitudes, es las 9 p.m. y todavía hay luz) y echo una mirada a los cuadros que adornan las paredes del departamento, todos pintados al óleo por Rafael, en un estilo naif, de colores vivos y expresivos. Alcanzo a comentarle que en mi casa hay, también, un buen pintor, Pablo Pérez. Una última mirada y descubro un cuadro con retratos que me resultaban familiares. Me dijo,  “son mis músicos preferidos: Bach, Haydn, Mozart y Beethoven”.

Zaragoza, 9 de julio de 2011.

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