Tenía curiosidad de ver en vivo y en directo a los llamados “indignados” del 15 de mayo (15M) que dieron tanto que hablar con sus acampadas en la famosa plaza madrileña La Puerta del Sol (España) y en algunos otros lugares de la península. Y allí estuve. Quedan unas pocas carpas, apenas unos cuantos por aquí y por allá, presencias físicas, sin una pizca de alegría. Fotos pegadas en las carpas, iconos típicos para la ocasión como el “che Guevara”, algunas pinturas figurativas con lemas que recordaban los de mayo del 68 francés, aunque con toque ibérico: “no hay pan para tanto chorizo”, “al fin pagué la hipoteca”. Nada nuevo y más bien en el aire la sensación a bostezo de una parte de la sociedad cansada, aburrida y sin saber qué hacer.

Las recientes elecciones regionales de España le dan mayoría al PP, con Rajoy a la cabeza. Rodríguez Zapatero pasa por un mal momento y peor está la sociedad española con cinco millones de parados. Los indignados sólo han agregado un toque de dramatismo al momento político español, mezcla de utopía y anarquismo. Están contra del sistema capitalista, los políticos y banqueros. Dicen estar decepcionados de la democracia real y reclaman la democracia ideal que nunca ha existido, aquella en donde todos nos preocuparíamos de todo y nos juntaríamos en la plaza pública para decidir tema por tema. Rajan del Estado que les ha ofrecido  bienestar del cual han gozado sus padres, pero que ellos ya no ven: salud, vivienda, educación, trabajo de funcionario y jubilación asegurada. No quieren al Estado, sólo quieren las prestaciones del Estado; abogan por la política sin políticos y por el dinero sin banqueros.

Los “indignados” no son la sociedad española, se sitúan más bien al margen de ella. Son una suerte de adelantados de los límites del Estado de bienestar, de un Estado que gasta en prestaciones sociales y es capaz de pagar meses y meses a millares en paro. Son, por eso, hijos naturales de un Estado que ha criado a sus hijos en una mentalidad colectivista aptos para recibir, pero poco capacitados para emprender iniciativas al margen del ogro filantrópico en que se ha convertido –en gran medida- el Estado en algunos lugares de Europa.

Se está muy bien en Madrid. La gente circula por las calles disfrutando sus vacaciones veraniegas. Los bares están repletos de gente de todas partes del mundo. La gente quiere seguir disfrutando de lo que tiene y se entiende que haya un malestar grande con el gobierno actual. No parece que en las elecciones políticas que se avecinan el PSOE siga, pero si es el PP quien ganara tampoco la tendrá fácil. Pienso que no es sostenible un Estado gastador y menos una sociedad que no fomente en sus miembros un saludable espíritu emprendedor. Si hemos de escarmentar en cabeza ajena, viene bien mirar a los indignados. Nuestros pequeños y medianos empresarios son la antítesis de cualquier mentalidad estatista. Ellos quieren hacerse cargo de su vida. Mal haría el Estado de sobrepasar su justa labor subsidiaria respecto a la ayuda que les puede brindar facilitando, por ejemplo, líneas de  crédito o canales de distribución para sus productos y servicios. Y poco más. No hay que cortar las alas de este sano emprendimiento que nace de la misma sociedad civil. Mantener ciudadanos en minoría de edad no es una sana política. Necesitamos más sociedad civil y, en este aspecto, es de agradecer que entre nosotros goce de buena salud.

Madrid, 3 de julio de 2011

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