En una de reciente escapada a una librería limeña encontré un pequeño libro de Claudio Magris (Literatura y derecho ante la ley, 2008), cuya lectura me hace apreciar, aún más, la fina pluma y la agudeza intelectual de este escritor y ensayista italiano. En esta ocasión, Magris mira al derecho y la ley desde la literatura y lo hace no sólo con la gracia del buen narrador, sino también con la sabiduría del jurista.

Magris sabe que el derecho no se reduce a las leyes promulgadas por los parlamentos. “Esas  leyes no escritas de los dioses a las que apela Antígona, no son consuetudinarias, de larga duración –aunque sigan siendo históricas y, por lo tanto relativas-, sino imperativos categóricos absolutos. Antígona es el símbolo interminable de la resistencia a las leyes injustas, a la tiranía, al mal. Las «leyes no escritas de los dioses» -continúa diciendo Magris- son valores absolutos; expresión suprema del derecho natural que, no casualmente, fascinó y ocupó durante siglos a la literatura, más que cualquier otra concepción jurídica, como también lo demuestra –pero, sin duda alguna,  no solamente- el florecimiento de obras de todo tipo dedicadas en todas las épocas a la figura de Antígona”. La literatura griega y con ella la cultura occidental han unido a Antígona la existencia de un núcleo irrenunciable de universalismo ético para resistir al mal.

Literatura, poesía y derecho pareciera que no se avienen bien y así lo manifiesta Magris: “Las relaciones puramente humanas no necesitan del derecho, lo ignoran; la amistad, el amor, la contemplación del cielo estrellado no requieren de códigos, jueces, abogados o prisiones. Las relaciones familiares o sencillamente humanas, escribía Arturo Carlo Jemolo, son una isla que «el mar del derecho solamente puede lamer». Pero ese mar –con sus códigos, jueces, abogados y prisiones-, de improviso, deviene necesario cuando el amor o la amistad se transmudan en atropello y violencia, cuando alguien le impide con la fuerza a otro la posibilidad de poder contemplar el cielo estrellado”.

Esta manera de entender el la experiencia jurídica me trae a la mente el primer libro de derecho que leí para enterarme de qué iba el oficio de abogado. Fue un texto de Francesco Carnelutti, “Cómo nace el derecho”. Quedé fascinado por su lectura y venía a decir lo mismo que Magris: si todos viviéramos el amor cristiano, el derecho estaría de más. Como no es así y aparecen los conflictos, ahí está el derecho para arreglar los entuertos. Esta idea me acompañó durante un buen tiempo e incluso, me pareció, que el derecho era una especie de mal menor, dada la fragilidad de la condición humana. La experiencia, las lecturas y algún que otro tiempo pensando en el asunto bajo el sol de Colán, me ha llevado a mirar estas relaciones de otro modo. Y es que el derecho no sólo comparece en las “malas”, sino también en las “buenas”. ¿Cómo podrían disfrutar Juan y Lucía de una cena romántica si no hubiera un restaurante decorado a media luz, en un lugar seguro, con la música ochentera que los enamoró? Juan paga la cena, cancela la cochera y la música que habla de amor recibe sus derechos de autor.

El derecho no es, desde luego, poesía; pero tampoco es el castigo al pecado original. Es un bien necesario sin el cual las relaciones humanas más íntimas quedarían desamparadas. No hay, me parece, una teoría pura del derecho como tampoco hay una teoría y praxis pura del amor. Lo sabe Romeo que para regalarle la orquídea más bonita y desinteresada a Julieta, antes ha de pasar por la florería y gastar allí sus propinas del mes.

Piura, 21 de junio de 2011