Termina en estos días la campaña de la segunda vuelta electoral y hemos sido testigos  de todo tipo de pronunciamientos a favor y en contra de los candidatos. Apologías en todos los tonos, proclamas laudatorias o denigratorias. Guerra sucia, mucha; pero, también, discursos meditados, aun cuando la pasión haya condimentado las posturas. Si algo sobra en estos días son los vigías y centinelas del Estado de Derecho y de la democracia. Intelectuales, políticos que se pronuncian en muchos casos con desmesura, sin negar que los hay también, quienes lo hacen con el temor y temblor de quien sabe que en política el fundamentalismo es mala moneda.

De la política, he de manifestarlo, me interesan las ideas, aquellas que luego se encarnan en la vida cotidiana, hecha por hombres y mujeres de carne, hueso y espíritu. Me parece, asimismo, que en política, como lo decía Mounier, nos comprometemos en causas impuras, en donde conviven el trigo y la cizaña. Convivencia del hombre viejo y del nuevo que, en primera instancia, se da al interior de la vida personalísima de cada uno de nosotros. Verdad, esta última, que se ha oscurecido entre algunos de nuestros políticos e intelectuales.

Llevo años dándole vueltas a los asuntos éticos y políticos de la sociedad y ahí voy, escribiendo y tachando, en el papel y en la vida. ¿Qué sabemos de la conciencia de los demás? ¿Cuánto llegamos a conocer de las caídas hondas de los Cristos del alma, de esa fe adorable que el Destino blasfema? Me siento cercano, en este sentido, a la actitud de Albert Camus quien, en su discurso de Suecia en 1957 dijo: “el artista, al término de su itinerario, absuelve en vez de condenar. No es juez, sino justificador. Es el abogado perpetuo de la criatura viva, porque está viva. Aboga verdaderamente por el amor al prójimo, no por ese amor remoto que degrada al humanismo contemporáneo a catecismo de tribunal. Al contrario, la gran obra acaba confundiendo a todos los jueces. A través de ella, el artista, simultáneamente, rinde homenaje a la más alta figura del hombre y se inclina ante el último de los criminales”.

El mejor pensamiento de todos los tiempos ha sabido ver en la biografía humana la grandeza de su destino, depositado en vasos de barro. Comprender antes que juzgar y si hemos de juzgar no deberíamos olvidar que también nosotros estamos hechos de la misma pasta de aquel que está sentado en el banquillo del acusado. El corolario es sencillo, ¿con qué cara me puedo poner por encima del mal y del bien? ¿qué me autoriza a llamar corrupto o rufián al otro, sin que me tiemble la voz, como si fuese un iracundo dios olímpico ? Defensor, profeta y juez absolutos, ¿a cuento de qué? No niego el derecho de crítica, me choca la desmesura de unos y otros que se apropian de valores que habría que manejar con más cuidado que el que se pone cuando se manipula material radioactivo.

¿Marchas por la dignidad? ¿declaraciones de politólogos? ¿vigilantes severos de la democracia? ¿moralizadores  sin rabo de paja? Puestos a rendir culto, me quedo con el Dios hecho hombre que sólo sabe contar hasta uno: Juan, Pedro, Elena, Rosa … Lo demás me suena a idolatría, petulancia, fundamentalismo político que opta por los monstruos de la razón, en contra del peruano de carne y hueso. Desconfío de los que se ponen en primera fila para lanzar piedras con tanta seguridad.

Piura, 31 de mayo de 2011.

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