Termina el mes de marzo, pero todavía estamos con todo el año 2011 por delante. Las clases en los colegios y universidades están en sus primeros semanas y en breve nos volcaremos a las urnas para elegir presidente y congresistas. Tenemos diferencias, pero al mismo tiempo, coincidimos en mucho: queremos un buen año escolar y un Perú mejor. Nadie en su sano juicio desea que a sus hijos les vaya mal en el colegio o en la universidad. Y nadie quiere que el Perú se hunda en el 2011. Y así vamos año a año y elección tras elección.

Miramos el pasado y encontramos de todo. Buenos momentos en la familia y en el país y, tambièn, malos recuerdos: metidas de pata, errores, retrocesos. Esa es la aventura humana, con sus aciertos y desaciertos. Unos buscados y otros, simplemente, soportados, como cuando llegan los desastres naturales. Pero, de ordinario, procuramos sacar siempre la cabeza, no dejamos que las olas nos ahoguen y nos lazamos hacia adelante buscando un mejor escenario para los nuestros.

La aspiración hacia lo mejor, el afán por sembrar árboles para que la generación siguiente goce de su sombra, el dolernos y solidarizarnos ante las desgracias de pueblos enteros, víctimas de desastres naturales o de guerras; son constantes –de ayer y hoy- que identifican la conducta humana y hablan de un origen y destino común. Nos sabemos y nos sentimos pertenecientes a la gran familia humana con todo lo que tiene de grandeza y de precariedad. Allí, entre nuestros iguales, celebramos los éxitos familiares y los del paìs y, también, lloramos al lado del amigo y del crucifijo cuando el dolor toca la puerta.

Si nos quedamos atrapados en el lado oscuro de la ciudad y de las personas, las quejas acaban amargando la propia vida y las de los que nos rodean. Una dosis de optimismo es necesaria para levantarse cada día y llevar sobre los hombros los afanes de la jornada. No pretendo, claro está, negar la existencia de las heridas del alma ni los huecos de las calles de Piura. Propongo, más bien mirar más allá de las zanjas, de las coimas y de las promesas incumplidas y trabajar esperanzados en el futuro que queremos construir. No voy a escribir un cántico a las criaturas, ya lo hizo, y muy bien, San Francisco de Asís; pero sí me quiero unir a su espíritu acogedor y optimista y propongo un brindis por el hermano sol y la hermana luna, por el niño por nacer que navega confiado en el seno de su madre, por el abuelo y la abuela coronados por el peso de los años.

Nadie sobra en el gran teatro del mundo. Llevamos años, siglos procurando convertir el canchón en un buen escenario para interpretar el drama humano, con sus  héroes y villanos. Alguna queja no está de más y habrá que alzar la voz  más de una vez para llamar a las cosas por su nombre. Pero poco ganamos con polarizaciones y planteamientos tremendistas del tipo “todo lo pasado ha sido un desastre” o “yo haré un futuro mejor”. Quizá como slogans políticos tengan un cierto valor efectista, pero nada más. Quien está en el día a día y gana un sol detrás de otro y no millones en un abrir y cerrar de ojos, sabe que el hogar con que el sueña se construye con el pequeño esfuerzo de cada instante, entre gotas de sudor y de lágrimas, risas de niños y cuentos de la abuela. Vida que empieza en cada amanecer y termina en sueños con los angelitos y vuelta a empezar.

Chosica, 27 de marzo de 2011

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