El primer recuerdo que tengo de Alfredo Barnechea data de mediados de los setenta. Dirigía por entonces un programa televisivo “Contacto directo”, un espacio político de entrevistas y comentarios inteligentes que ponía en vitrina a un joven periodista a contracorriente del periodismo parametrado, como solíamos llamar a cierta prensa genuflexa al gobierno militar de Velasco Alvarado. Después de muchos años, en tertulia con otros profesores universitarios, hemos tenido a Alfredo como contertulio en la cafetería de la Universidad de Piura, comentando su reciente libro, “Perú, país de metal y melancolía” (Lima, 2011), una mirada en primera persona de los últimos cincuenta años de la cultura política del Perú.

El libro recoge -en un estilo que recuerda más a la crónica- hitos importantes de estos últimos cincuenta años sobre los cuales hay más de memoria personal que de historia canonizada. Años sesenta en Latinoamérica de pelos largos e ideas de izquierda. “¿Por qué no fui marxista?” se pregunta Barnechea. Y la respuesta va saliendo fatigosamente. El librito de Martha Harnecker, “Elementos del materialismo histórico” no le supo a nada o muy poco. En cambio, le encandiló la vida e ideas de Trotsky (antiestalinista) y los testimonios de muchos famosos disidentes como Víctor Serge. Las lecturas de Octavio Paz, Martin Buber, Emmanuel Mounier le abrieron a una mayor comprensión de la realidad y prepararon el camino de lo que ha sido su posición política, la socialdemocracia, con una deriva liberal.

Un eje importante del libro lo constituye sus continuas referencias a Mario Vargas Llosa a quien le une lazos de amistad y de cuya obra es una gran conocedor. “No dejen de leer –nos decía en la tertulia- “La utopía arcaica. José María Arguedas y las ficciones del indigenismo”. Un libro en el que Vargas Llosa dialoga con el indigenismo, cuya tesis central es que el mundo de Arguedas nunca existió en realidad, era una ficción, la recreación de un mundo indígena perfecto pero mítico, una utopía arcaica”. Uchuraccay fue la puerta que le llevó a estudiar a Arguedas a fondo; el dictamen final de la comisión que él presidió fue tremendo: los campesinos habían sido los que habían matado a los periodistas y no el ejército como proclamaba la izquierda. Esta izquierda peruana –dice Barnechea- no aceptó nunca este dictamen, porque entre otras cosas, suponía traerse al suelo la idea de una utopía andina, sobre la que Vargas Llosa mantuvo reparos y que consideró más bien como fruto de una refinada elaboración de intelectuales renacentistas.

Haya de la Torre, el Frente Democrático, el Fujimorato, Pérez de Cuéllar y otros personajes de la reciente historia peruana desfilan por las páginas del libro al igual que sus ideas, porque son las ideas que han dejado huella en la configuración de nuestro país las que le interesan a Barnechea. ¿Está la historia del Perú de los últimos cincuenta años? Está la historia que el autor ha visto y vivido personalmente. Una historia contada con gracia y serenidad, sin nostalgias, para comprenderse él mismo y para entrever las rutas que se abren al futuro de nuestro país: “Creo apasionadamente en el futuro de mi país, y cada fibra de mi ser está persuadida de que somos, como a principios del siglo XX don José de la Riva-Agüero, el país primogénito de la América del Sur”. Así termina el libro, sin recetas. Una invitación a seguir pensando el Perú.

Piura, 27 de febrero de 2011.

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