En la mañana de ayer nos llegó la noticia del fallecimiento de Ricardo Rey, primer Rector de la Universidad de Piura de 1969 a 1977. Junto con Ramón Mugica, César Pacheco y el P. Javier Cheesman ha sido protagonista importante en la configuración de la identidad corporativa de  esta universidad. El año pasado nos acompañó, ya con la salud delicada, a celebrar los 40 años de funcionamiento de vida universitaria. En esa oportunidad, Dionisio Romero, en su Lección inaugural, calificó a esta aventura cultural como el mayor acto de fe en el Perú. Y tuvo que ser muy grande la fe de Ricardo Rey para dejar Lima y trasladarse con su numerosa familia a sembrar cultura en las arenas blancas de Piura.

Ricardo Rey llevó las riendas de la UDEP en sus años inaugurales. Sus indudables dotes de gobierno y su trato cálido, abierto y alegre le dieron un estilo muy particular a estos primeros pasos de vida institucional. Traía la experiencia de los muchos años de trabajo en la Universidad Católica (PUCP), de cuya Facultad de Ingeniería fue decano. Sabía de universidades en unos tiempos (los sesenta y setenta) en los que primaba la agitación estudiantil: mucha bulla, poco estudio y paredes llenas de pintas revolucionarias. Precisamente, ese fue unos de mis mayores asombros cuando visité en 1976 -siendo alumno de Estudios Generales de la Universidad Pedro Ruiz Gallo- a la UDEP: no me acababa de creer que las  paredes estuvieran limpias y que los servicios higiénicos fueran tan higiénicos. Ricardo Rey tuvo la gentileza de recibir al pequeño grupo de visitantes y nos explicó que allí se estudiaba. En tiempos de huelgas, hacer que una Universidad funcione, no era tarea fácil.

Pude tratarlo más cuando, nuevamente, se instaló en Lima. La misma jovialidad y el trato sencillo y acogedor. Era el año 1979, estudiaba Derecho en la PUCP y la noche anterior a la inauguración del primer programa para directivos del PAD, nos llaman al Centro Cultural Universitario Los Andes para que echemos una mano en los acabados del local. Fuimos varios con mucho entusiasmo, pero poquísimas competencias operativas. Llegamos y nos encontramos con un mar de gente trabajando. Unas pocas preguntas del jefe de mantenimiento bastaron para darse cuenta de que éramos bastante inútiles. Me asignaron al mando de Ricardo Rey y me constituí en su ayudante. Él colgó todos los cuadros del primer y segundo piso, habitación por habitación. Me encargué de entregarle los tarugos y clavos. Ricardo Rey manejaba el taladro y martillo con una habilidad asombrosa. Acabamos a tiempo y allí continúan muchos de esos cuadros. Pocos rectores de la UDEP han tenido esa habilidad.

Estamos en deuda con Ricardo Rey y su familia. Nuestro agradecimiento se queda corto. Nunca se dio importancia. Hombre sincero, decidido, transparente, de aquellas personas que iluminan a su entorno con la luminaria de su Fe honda. De los que se juegan por entero, sin alharaca, ni dramatismo. Sus palabras estaban precedidas por sus obras. Testimonio elocuente de una vida forjada en los quehaceres ordinarios. Tras de sí queda una estela de vida fecunda. Sembró a mano llena y su esfuerzo no ha sido vano.

Piura, 26 de diciembre de 2010.

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