Desde finales de los ochenta a la fecha, por diversas razones, he frecuentado la ciudad del Cusco. Es una ciudad, cuya arquitectura colonial e incaica, fascina a quienes la visitan. Es el Perú mestizo que vive de su cultura centenaria en continua ebullición. Allí está la tienda de prendas de vestir conducida por su dueña, modestamente vestida, convenciendo a un turista para que compre una chompa “baby alpaca”, talla XXL, diciéndole que puede pagar con tarjeta Visa. El centro histórico de la ciudad, restaurado en su arquitectura civil y religiosa, habla de la riqueza artística de antaño y del valor agregado del presente. No es el Cusco que vio José de la Riva-Agüero en 1912, cuando partiendo de la Ciudad Imperial recorrió a mula los caminos del Inca pasando por Abancay, Ayacucho, Huancavelica y Huancayo.

El Cusco de hace casi 100 años, a los ojos de Riva-Agüero era “de calles y plazas de severidad ceñuda hasta lo terrible, de solemnidad trágica (…) Su pesadez misteriosa parece gemir infinitas servidumbres; y tras ellas creemos que va a elevarse, como en el Ollanta, un cántico sollozante de cautiva”.  El Cusco de ahora acarrea en sus calles a gentes en cuyas venas corren todas las sangres, la nuestra y las extranjeras. Y en la mesa se fusionan los platos típicos con la cocina europea. Junto a la trucha a la plancha, está también la trucha a la mediterránea, acompañada con vino o  cerveza. Es una ciudad abierta al mundo, consciente de su pasado incaico y virreinal, como bellamente lo ha reflejado en su pintura el  humanista peruano, Francisco González Gamarra.

Al costado de la Catedral está la estrecha calle El Triunfo que asciende hacia la cuesta de San Blas, cuya Iglesia es famosa por su Púlpito labrado en madera. Se pasa por el Palacio Arzobispal  construido sobre un muro incaico que alberga la famosa piedra de los doce ángulos. Pero lo que más ha llamado la  atención es la fina artesanía que a ambos lados de la calle ofrece sus piezas a los turistas. Es fundamentalmente arte religioso. La pintura cusqueña, con sus dorados y marcos de pan de bronce, toman rostros familiares de la cultura occidental: San José y el Niño, la Sagrada Familia, La Virgen de la leche, San Cristóbal –el santo agobiado. No se queda atrás la escultura ni las piezas de bulto. El Niño de la espina es una preciosura de buen arte, ataviado en diversas mudas: de cholito, de fiesta, de danzante. Por esta época, también, abundan los motivos navideños que se exponen al público en la feria de Navidad en la Plaza de Armas, en donde los artesanos ofrecen accesorios para los nacimientos: vestiditos, cunas, zapatitos…

Las Iglesias le dan un toque especial al turismo de la sola diversión. El turista ha viajado miles de kilómetros y se encuentra con templos católicos de arte barroco centenario. Altares y retablos de buena madera dorados en pan de oro y recubiertos de plata. Lo que ve no es sólo historia que pasó, ve la fe viva de los pobladores e iglesias abiertas al culto. La capilla del Señor de los Temblores en la Catedral siempre está llena de devotos y, en estos días, de la Novena de la Inmaculada, luce en todo su esplendor “la Virgen Bonita” de la Catedral. Durante la Misa, se desgranan canciones conocidas entre nosotros y no faltan las canciones en quechua que la gente entona con familiaridad, muestra de una inculturación profunda de la fe cristiana en la cultura andina, obra de los primeros religiosos españoles y que se continúa en la labor de las diversas familias eclesiales: mercedarios, franciscano, jesuitas, sacerdotes diocesanos, salesianos…

Cusco, Patrimonio Cultural de la Humanidad, vive del turismo, del canon proveniente de Camisea y Tintaya y de la agricultura. Hay todavía protesta social, en parte, porque todavía hay mucho por hacer. Es el sur del país, pero no es otro mundo; es el Perú profundo, síntesis viviente de culturas milenarias, orgullo de los peruanos.

Piura, 4 de diciembre de 2010.

Anuncios