El pasado 19 de octubre Rafael Estartús, profesor de la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Piura cumplió 80 años. Un cumpleaños redondo que celebramos en la UDEP con el acostumbrado “balconazo” a todo dar. Año, también, en el que don Rafa ha iniciado su vida de profesor jubilado, por cuya razón su Facultad ha preparado una Ceremonia de Reconocimiento a su magisterio iniciado en 1973, a muy pocos años del inicio de la UDEP, por lo que  podemos decir que forma parte de los forjadores de esta casa de estudios.

¿Quién es don Rafa y qué significa para la UDEP? La pregunta es, ciertamente, retórica, pero vale la pena hacerla. Lo primero que se me viene a la mente es la tipología que la profesora Chinchilla del IESE hace de los miembros de una organización, cuando se los mira desde el sentido de pertenencia. Están, por un lado y muy en la periferia, los “mercenarios” (sólo les importa la paga). Más en el centro están los “profesionales” (piensan en su desarrollo profesional y en los retos que encuentran) y, finalmente, en el corazón de la empresa, están los “miembros institucionales” (se identifican con la misión e ideario de la organización, supuesta sus competencias profesionales). Don Rafa, no nos cabe duda, él mismo es una institución. No ha pasado por la Universidad, la ha tallado con su ejemplo de vida. Su proverbial sobriedad y reciedumbre -que hace juego con la sencillez de nuestros algarrobos- ha sido soporte  de esta Universidad nacida en Piura y abierta al Perú y al mundo.

Si una Universidad es comunidad de profesores y alumnos y si cualquier comunidad de prácticas es convivencia de maestros y aprendices, sin maestros que tengan algo que transmitir no hay institución que perdure en el tiempo y menos institución con personalidad propia. Los alumnos pasan, es la ley de la vida universitaria; los maestros quedan. Don Rafa ha sido, en este sentido, raíz y tronco de toda una numerosa familia, no sólo de alumnos (se cuentan por centenares quienes han pasado por sus  cursos de geometría), sino también de jóvenes –y menos jóvenes- profesores que han aprendido su oficio, gracias a su magisterio, volcado en actos de servicio; unas veces en calidad de “escuchatán” y, otras, jalando de la rienda de la exigencia, para despertar el alma y la mente de sus interlocutores.

Los años no pasan en vano en las biografías personales ni en las instituciones. Una Universidad aloja en su seno varias generaciones de profesores que van desde los futuros docentes veinte añeros, amigos de la informática y del facebook; hasta los no tan jóvenes que hicieron sus tesis doctorales en máquina de escribir y escuchan emocionados la música de los ochenta. El diálogo inter generacional es  el día a día entre colegas y con los alumnos. Y en medio de todos, el saber en sus diversas disciplinas, cultivado con esmero, volviendo a la sabiduría de los clásicos, abriéndonos a los nuevos hallazgos de la investigación, en diálogo franco; dejándonos sorprender por la verdad allí donde esté.

Pensar y enseñar a pensar ese ha sido el oficio que he visto ejercer en don Rafa, un maestro amigo de la verdad para quien la geometría y las aulas han sido un camino de excelencia humana y divina, a la vez: felices ochenta, don Rafa, y hasta el próximo balconazo.

Piura, 19 de noviembre de 2010

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