Léon Bloy (1846-1917), escritor de profesión. Converso al catolicismo a los veinte años. Pobre toda su vida. Entre sus glorias está la conversión al catolicismo de dos grandes intelectuales, Jacques Maritain y su esposa Raisa. En los últimos años se han vuelto a reeditar obras suyas en español: “Historias impertinentes” (Palencia, 2006), “En tinieblas” (Barcelona, 2006; libro póstumo), sus “Diarios” (Barcelona, Alfaguara: 2007) y “Cartas a mi novia” (Granada, 2008) del que me gustaría ocuparme en un intento de comprender a este místico del dolor como le ha llamado uno de sus biógrafos.

Son cartas que escribe a quien será su esposa, la danesa Jeanne Molbeck; la primera fechada 29 de agosto de 1889 y la última, Pascua de 1890. Jeanne es quien cuenta su primer encuentro con Bloy en París. Estaba en una reunión e indaga por él: “¿Quién es este hombre?”. “Un mendigo le responden”. Al poco tiempo se vuelve a encontrar con Bloy y le pregunta: “¿Cómo es posible que usted, teniendo tanto talento, sea católico?”. La respuesta es rápida. “Tal vez lo sea por tenerlo”. “Me besó la mano y nos separamos. Al día siguiente recibí la primera carta”. Todo fue muy rápido. Jeanne se convierte al catolicismo y se casan en mayo de 1890.

Bloy es un hombre de absolutos en su forma de pensar y de escribir. Lleno de tristezas  y quejas. Convencido de su valor como escritor, portador de un sentimiento y vocación mesiánicos. Sin nada de sentido del humor. Muy probablemente, de personalidad bipolar. Apasionado creyente y amante noble de la Iglesia Católica. Sin dinero, un mendigo crónico en busca de sustento para el día, dispuesto a cumplir su vocación de artista. Se entiende que muchos lo miraran como un bueno para nada, un vago. Su sentido trágico, agónico de la vida cristiana puede resultar innecesariamente hiriente. Su pluma es viva, incluso flamígera. Describe  estampas y dramas de la vida con trazos fuertes: “Fuego he venido a traer a la tierra, y ¿qué quiero sino que ya arda? (Lc. 12, 49)”.

No son las cartas de amor que uno esperaría de un amante romántico a otro. Hay biografía del autor, penurias, enfermedades, ideas sobre la Iglesia. En una carta, Bloy le confiesa: “Soy naturalmente triste, como se es pequeño o rubio. Nací triste, profundamente, horriblemente triste y si estoy poseído por el más violento deseo de alegría es en virtud de la misteriosa ley que atrae a los contrarios. Si llegas a ser mi mujer deberás cuidar a un enfermo. Me verás a veces pasar repentinamente sin causa conocida ni transición apreciable de la más viva alegría a la más sombría melancolía”.Unas cartas que, aparentemente, deberían haber desanimado a su destinataria: eso es lo que más me asombra, que Jeanne no se haya desanimado Y es que Bloy era mucho más que un vengador del bien. Había en él un corazón que sabía amar, capaz de ternura. Un Quijote que necesitaba no de un escudero sino de una esposa como Jeanne, en las buenas, las malas y las muy malas.

La narrativa de Bloy es de una belleza que remece e intranquiliza. Su misma biografía personal es un retablo de dolores en el que se percibe la presencia de la Gracia y la continua pelea de Bloy por permanecer fiel a su vocación profética, tal como él la vio. Un ejemplo más de esa amplia autopista del Cristianismo, transitada  por peregrinos en camino a la Virgen de las Mercedes o por veraneantes rumbo a Colán.

Piura, 30 de octubre de 2010.