Los premios Nobel son mucho premio y opacan a cualquier otra distinción. Es lo que ha pasado con los recientes premios de la Fundación Príncipe de Asturias que son, en lengua española, de una categoría similar a los que otorga la Academia Sueca. Hace un par de semanas se ha otorgado el premio de las Letras 2010 al escritor franco-libanés Amin Maalouf, quien desde la ficción histórica y la reflexión teórica, ha indagado en la complejidad de la condición humana. En sus escritos tiende puentes entre las culturas, con la esperanza de lograr un común espacio humano, asentado en la universalidad de los valores y en la diversidad de las expresiones culturales.

Maalouf es un hombre de dos culturas, un árabe-libanés de ascendencia cristiana, residente en Francia en donde ejerce su oficio de escritor. Su narrativa expresa la diversidad histórica y religiosa de las culturas mediterráneas. Como ensayista, su pluma es ágil, más propia del periodista que del académico. Leí en los noventa su novela “Las escalas de levante” (Madrid, 1996). Es el drama del Líbano contado desde la vida ordinaria del personaje. Ni épica, ni epopeya, es prosa sencilla que se vive al ritmo de los avatares de la Historia. El acento se pone en la vida singular de Ossyane (musulmán) y de Clara (judía), alrededor de cuya relación amorosa transitan los sentimientos humanos: gloria, desdicha, ternura, desaliento, ilusión, cada uno en su sitio, con un respeto poco común a la intimidad e identidad vital de cada personaje.

Pero las culturas a las que pertenece Maalouf no se superponen en él. Su idea no es enfrentarlas ni dejarlas aisladas en su identidad, algunas veces asesinas. Busca una síntesis por encima de las legítimas diferencias, como se puede apreciar por boca de Ossyane, quien después de 20 años se encuentra con su hija Nadia y dice de ella: “¡Sí, exactamente, musulmana y judía! Yo, su padre, soy musulmán, al menos en los papeles; su madre es judía, al menos en teoría. Entre nosotros, la religión se transmite por medio del padre; entre los judíos, por medio de la madre. Nadia era, pues, musulmana a los ojos de los musulmanes y judía a los de los judíos; a los suyos, podía escoger una u otra opción, o ninguna de las dos; había elegido las dos a la vez… Sí, las dos a la vez, y muchas cosas más. Estaba orgullosa de todos aquellos linajes que habían desembocado en ella, por caminos de conquista o de huida, procedentes de Asia Central, de Anatolia, de Ucrania, de Arabia, de Besarabia, de Armenia, de Babiera… ¡No tenía ningún deseo de seleccionar gotas de su sangre, parcelas de su alma!”.

Este discurso, conciliador y universalista a la vez, lo mantiene en su último libro “El desajuste del mundo. Cuando nuestras civilizaciones se agotan” (Madrid, 2009).  Y así lo repite en su discurso de recepción del premio al señalar que la forma de salir del hoyo, de esta época descarriada, es a través de una   cultura que afirme la universalidad de los valores. “No hay unos derechos humanos para Europa y otros derechos humanos para África, para Asia o para el mundo musulmán. Ningún pueblo de la Tierra existe para que lo esclavice, para que lo tiranicen, para la arbitrariedad, para la ignorancia, para el oscurantismo, ni para la opresión de las mujeres. Cada vez que alguien deja de lado esta verdad básica está traicionando a la humanidad y se está traicionando a sí mismo”.
Con Maalouf estamos al otro lado, incluso, más allá del multiculturalismo, tan pródigo en resaltar las diferencias y engendrar soledades culturales, caldo de cultivo de los severos conflictos sociales que azotan a Europa. Maalouf va por otro camino.  Su punto de vista es salir del problema tirando para arriba, dejando de lado “un concepto tribal de civilización, liberándolas de sus corazas étnicas, y a éstas de ese veneno de la identidad que las adultera, las corrompe y las aparta de su vocación espiritual y ética”.  ¿Una utopía más? Algo de utópico hay, pero hay que agradecérselo. Ya tiene el mundo suficientes agoreros de desdichas y un poco de optimismo intelectual nos viene bien.

Piura, 27 de octubre de 2010.

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