Las recientes elecciones parlamentarias del domingo en Venezuela han concitado la atención de la opinión pública mundial y tienen, además, una especial importancia para el futuro político de la región latinoamericana. Aún cuando no está completo el conteo oficial, los datos publicados por el Consejo Electoral venezolano son muy claros: Chávez y su Partido Socialista Unido (PSUV) no tienen la mayoría calificado de dos tercios que buscaban. La oposición agrupada en la Mesa de la Unidad Democrática tiene un 52% del electorado venezolano, pese a que por el sistema electoral vigente eso no se refleje en el número de diputados. En el distrito electoral de Zulia, una de las regiones más prósperas de ese país, la oposición ha barrido con el oficialismo.

El Imperio (así llaman Fidel Castro y Hugo Chávez a los Estados Unidos) debe estar sonriendo con los resultados de estas elecciones que le quitan piso al agresivo discurso de Chávez y, también, supondrá un merecido respiro para todos aquellos que han sufrido la prepotencia del llamado socialismo bolivariano durante estos años. Una oposición, por cierto, que no se presenta belicosa y que tan sólo pide respeto e inclusión para llevar  adelante los destinos del país.

Por esas ironías de la vida, en los días previos a la elección del domingo 26, mientras Chávez arengaba a sus huestes y despotricaba contra el Tío Sam, Alan García se presentaba ante la Asamblea de las Naciones Unidas y, en sus tres intervenciones -en esas síntesis que le salen tan bien a García-, cual Pizarro en la Isla del Gallo, trazaba una línea ideológica que separaba la prosperidad de la pobreza. De un lado, el modelo  de desarrollo afincado en la democracia, la inversión privada y extranjera, el premio al esfuerzo y la inclusión en el mundo globalizado. Ese sería el caso del Perú que cruzó la línea en los últimos años. De otro lado el modelo estatista, intervencionista en la economía, autogestionario de sus propios recursos y con mucha dosis de asistencialismo. Sin decirlo, se estaba refiriendo a países como Venezuela que “a pesar de sus inmensas riquezas no ha podido mejorar sus condiciones de lucha contra la pobreza”. Sin duda, la oposición   que ahora tiene una amplia representación en la Asamblea parlamentaria no es sino el fruto de este desgastado modelo que ni el abundante petróleo venezolano ha podido costear.

¿Qué se puede esperar de esta nueva composición parlamentaria? Por de pronto la apertura de nuevos espacios de diálogo. Quizá sea demasiado pedirle a Chávez un cambio en su estilo autocrático de gobernar. Pero, parece claro que el presidente no la tendrá tan fácil ahora. Ya no puede ser tan personalista ni adoptar esos ademanes dictatoriales cada vez que aparece en público. Ahora tiene interlocutores libremente elegidos por la ciudadanía cuya voz cuenta. No puede ignorarlos y tendrá que hacer el esfuerzo que se le pide todo gobernante: gobernar para todos. Enhorabuena para Venezuela y no podemos dejar de felicitar, también, a los universitarios y jóvenes venezolanos, que han sabido defender las libertades ciudadanas, con el arrojo propio de su edad.

Francisco Bobadilla Rodríguez
Piura, 27. IX. 10

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