La semana pasada se tuvo en la Universidad de Piura unas jornadas internacionales de Derecho en homenaje al profesor Álvaro d´Ors (1915-2004). Estuvieron presentes profesores de la Universidad Autónoma de México, de la Universidad de Zaragoza, de la Universidad Católica de Chile, de la Universidad de los Andes de Chile, de la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP) y de la Universidad de Santiago de Compostela, patria espiritual de don Álvaro d´Ors, de donde fue catedrático de Derecho Romano y en donde se continúa la escuela romanista compostelana, en la que trabaja entre otros, Javier d´Ors, igualmente, romanista como su padre.

A todos los que hemos participado en estas jornadas, gracias a la diligente iniciativa de la profesora Rosario de la Fuente, nos unía el común magisterio de don Álvaro, aunque de modo distinto. Había quienes lo llegaron  a conocer y tratar personalmente y, quienes como yo, lo hemos seguido gracias a su polifacética inquietud intelectual que se movía, troncalmente en el derecho romano, y se extendía a la filología, la papirología, el derecho canónico, la ciencia política. Para poner las cosas en su sitio, mi interés personal se ha movido entre los escritos de ciencia política y de teoría derecho de don Álvaro.

La conferencia inaugural estuvo a cargo de Javier d´Ors quien hizo un delicioso recorrido del camino intelectual de don Álvaro. Se juntaban no sólo el conocimiento del hijo, sino también el del profesor universitario que ha investigado en el archivo que ha dejado el maestro. Hacía referencia Javier a unos cuadernos con apuntes muy variados que don Álvaro empezó a sus veinte años. Seguí la exposición fascinado. Se iban desgranando lecturas, encuentros con personajes de la época, encrucijadas de su vida que definen su vocación universitaria, la guerra civil española, viajes por Europa, la Segunda Guerra Mundial, estudios en Roma. Aparecía, pues, la figura de un universitario cabal, amigo del sentido común, amigo de la verdad allí donde estuviere.

Como todo maestro, don Álvaro ha sabido llegar a la inteligencia de sus oyentes, pero también ha sabido tocar el corazón de sus lectores. Por donde se le lea encontramos originalidad, agudeza, honradez intelectual y coherencia, virtudes ellas que distinguen al oficio universitario. Volver a meterme en sus escritos, leídos y meditados ahora con algunos años más de recorrido vital, me ha supuesto un verdadero gozo espiritual, acrecentado por la magnífica oportunidad de compartir durante todos estos días con tan distinguidos invitados. Días en los que la vida universitaria se esponja y se evidencia la realidad de que la  universidad es  comunidad que agrupa a profesores y alumnos, pero no sólo en las aulas, también en las bancas, en los pasillos, en la cafetería, en las tertulias. Espacios en los que transcurre la vida universitaria, en diálogo abierto de coincidencias y discrepancias, y que acrisolan amistades al calor del  trabajo intelectual.

Se suele decir que ser amigo del gran Platón está bien, pero mejor es ser amigo de la verdad. Me parece que no hace falta decirlo de modo excluyente. Se puede ser amigo de Platón y también de la verdad. La discrepancia no convierte al interlocutor en enemigo y, desde luego, encuentro más interesante ser amigo de otra persona que de una abstracción. Gran tarea ésta en el oficio universitario que don Álvaro supo ejercer, firme y claro como era en sus convicciones, e igualmente abierto y acogedor con todos los que se acercaban a él hasta el final de sus días en el campus de la Universidad de Navarra.

Piura, 5 de septiembre de 2010

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